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Diario Expreso Ecuador

Terremotos y negligencias

Ante la amenaza sísmica y de El Niño, la falta de revisión estructural en Guayaquil exige la acción urgente de autoridades y de propietarios de inmuebles

En Guayaquil hay casas patrimoniales que se vinieron abajo y permanecieron así hasta que alguna solución salomónica -mezclar modernidad con rescate del patrimonio- apareció, tarde.

En Guayaquil hay casas patrimoniales que se vinieron abajo y permanecieron así hasta que alguna solución salomónica -mezclar modernidad con rescate del patrimonio- apareció, tarde.Archivo Expreso

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Venezuela sufrió un terremoto con miles de muertos el 24 de junio; Colombia, apenas el lunes pasado, uno que ya deja más de 200 fallecidos y más de mil edificios colapsados, dolor no tan ajeno que debería servirnos de espejo. Por nuestra propia geografía e historia, la pregunta ya no es si vendrá un terremoto, sino en qué estado vamos a recibir el que inevitablemente vendrá.

Porque en Guayaquil llevamos años observando edificios con daños estructurales que nadie termina de resolver. Su responsabilidad de reparación se diluye entre organismos públicos y privados que cambian de nombre o simplemente pierden de vista quién debía hacer qué. Esta suma de negligencias ha provocado ruinas que llevan meses sin atención: edificios incendiados semidestruidos y casas patrimoniales que se vinieron abajo y permanecieron así hasta que alguna solución salomónica -mezclar modernidad con rescate del patrimonio- apareció, tarde.

La responsabilidad de autoridades y propietarios

Y el próximo sismo no es la única amenaza. El fenómeno de El Niño que se avecina también pasa factura a lo que no se reparó. En un edificio ya fisurado, el agua se infiltra por las grietas y corroe el acero interno del concreto, debilitando la estructura desde adentro sin que se note a simple vista. Además, un suelo saturado de lluvia pierde capacidad de soporte, abriendo aún más las fisuras existentes. El Niño no derrumba de golpe como un sismo, pero sí puede ser el empujón final para lo que ya venía debilitado.

Mientras tanto, las mismas instituciones que nos cobran impuestos religiosamente cada año, y que supuestamente inspeccionan estas estructuras, terminan sin explicar por qué un edificio ‘revisado’ se cae, se incendia, o sigue ahí, deteriorándose a la vista de todos.

La naturaleza ya es suficientemente dura como para que le pongamos la alfombra roja con nuestro propio descuido. Si mañana llega un terremoto, espero que lo que nos derrumbe no sea algo que pudimos haber evitado. Por eso invito a autoridades y propietarios a ponerse la mano en el corazón, revisar conscientemente sus estructuras y ser claros sobre lo que le están ofreciendo a sus inquilinos o compradores.

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