Reclutamiento de menores
El endurecimiento de penas contra quienes reclutan menores para actividades criminales es un paso importante, pero insuficiente

El reclutamiento de menores por parte de organizaciones criminales se ha convertido en uno de los desafíos más graves para la seguridad y el tejido social en Ecuador.
En Ecuador, el reclutamiento de menores se convirtió en una inaceptable crisis de seguridad. Detrás de cada adolescente captado por una banda criminal existe una historia de abandono, pobreza, miedo y ausencia del Estado. Por eso el debate legislativo sobre la reforma para endurecer las penas contra quienes utilizan niños y adolescentes en actividades delictivas revela una verdad. El país llegó tarde a enfrentar un problema que creció mientras las instituciones discutían competencias y presupuestos.
El mensaje de fuerza contra las bandas criminales
La propuesta de aumentar las condenas hasta 26 años refleja la necesidad de enviar un mensaje de fuerza a estructuras criminales que han convertido a menores en soldados desechables del narcotráfico y la violencia urbana. Sin embargo, el debate en la Asamblea también expuso que la solución no puede reducirse al castigo. Porque allí donde desaparece la escuela, donde falta un espacio deportivo, una beca o un centro comunitario, aparece la banda y la promesa de dinero rápido.
El proyecto acierta al reconocer que las redes sociales, videojuegos y plataformas digitales se han transformado en nuevos territorios de captación. Hoy el adoctrinamiento ocurre principalmente detrás de una pantalla que seduce a adolescentes vulnerables con símbolos de poder y dinero.
La creación de alertas tempranas y mecanismos de protección digital representa un avance necesario, aunque insuficiente, si no existe inversión sostenida en prevención y en lo social.
La desigualdad como aliada del crimen
El riesgo está en creer que el miedo a la cárcel resolverá lo que durante años alimentaron la desigualdad y el abandono estatal.
La niñez ecuatoriana no necesita discursos heroicos ni leyes simbólicas. Necesita presencia real del Estado en los barrios donde hoy manda el crimen. Porque cuando una banda logra convencer a un menor de que delinquir vale más que estudiar, estamos frente al fracaso colectivo de una sociedad que permitió que niños crecieran sin futuro visible. Es tiempo de que el éxito económico aterrice también en lo social, caso contrario, el reclutamiento de menores seguirá siendo un buen negocio para el crimen organizado.