Hablar la lengua del rey
Ante la automatización y la IA, rescatar la filosofía y la teología es clave para la educación y el desarrollo del pensamiento crítico en Ecuador

El mundo tecnocrático en el que vivimos parece alumbrar una pequeña luz. La propagación de lo artificial nos puede ayudar a ver el tesoro escondido en lo genuinamente humano.
En clase, mientras leíamos el ensayo de Kant sobre la Ilustración, un alumno del Seminario Mayor preguntó sobre qué se podía hacer para que se enseñe más filosofía en el Ecuador. Él y sus compañeros no habían visto cumplido el ideal republicano de que el pueblo hablara la lengua del rey, parafraseando a Pierre Manent. El seminario era el primer lugar en el que estudiaban seriamente a los distintos filósofos de nuestra tradición; en el colegio o en la universidad, su formación filosófica no pasó de ser una recolección de frases célebres que se contraponen unas con otras.
Ante la pregunta, balbuceé un intento de respuesta: la situación no cambiaría hasta que, por un lado, la sociedad, y las instituciones educativas valoren la filosofía -y las humanidades en general- por sí mismas y, por otro, existan profesores -formados- que puedan enseñar las asignaturas humanísticas con sentido y pasión.
Las humanidades como fuente de sentido
Respecto a esto, el mundo tecnocrático en el que vivimos parece alumbrar una pequeña luz. La propagación de lo artificial nos puede ayudar a ver el tesoro escondido en lo genuinamente humano. Como muestra el éxito del filósofo Byung-Chul Han, las humanidades se presentan como una fuente de sentido ante una sociedad cada vez más automatizada. Un espacio de libertad frente a los algoritmos. Un disfrute lento y profundo frente al consumo voraz que nos caracteriza. Un refugio interior ante un mundo hostil.
También, parece que el perfil filosófico se ha vuelto atractivo para las empresas de IA, como apunta The Economist en su artículo “Why Big AI Labs are hiring so many philosophers”: el diálogo socrático, la humildad epistémica y los conocimientos profundos de ética son aptitudes cada vez más inusuales en el mercado laboral, y la filosofía contribuye a cultivarlas.
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Vientos de cambio para entrar en acción
Aunque en nuestro país sea difícil apreciar estos vientos de cambio, tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados, esperando a Godot. Las nuevas apuestas pueden encontrarse, no en el Estado ni en las universidades, sino en otros cuerpos intermedios que estén convencidos del valor profundo que tienen el cultivo del saber, por sí mismo, y su divulgación social.
Tal vez pueden surgir en el Ecuador instituciones como ‘The People’s Institute for New York’ que, durante más de 30 años, tuvo como misión juntar a los grandes intelectuales con los migrantes trabajadores y extender el conocimiento y la cultura en los barrios marginales de la ciudad. O el ‘College of St. Joseph The Worker’, que, actualmente, combina la enseñanza de profesiones prácticas, como la del carpintero, el electricista y el fontanero, con clases de teología, filosofía, literatura e historia, con el objetivo de formar personas contemplativas en medio del mundo.
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Porque no, las humanidades no nos van a salvar. No nos van a hacer, necesariamente, mejores ciudadanos. Su riqueza reside en su “útil inutilidad”, como apuntaba Nuccio Ordine. En la posibilidad de comprendernos a nosotros mismos, de educar la sensibilidad, de descubrir la narrativa de nuestra vida y de aprender a querer y disfrutar de las cosas bellas. En definitiva, albergar la posibilidad de que nuestros ciudadanos puedan hablar, algún día, la lengua del rey.