Conciencia histórica
El separatismo y la polarización amenazan la identidad histórica de España, y esta crisis de memoria y cultura afecta a la sociedad actual y a América

La identidad de España está en crisis -como lo está en todo Occidente en algún grado-. ¿Cómo puede estarlo al cabo de siglos de afianzarla?
Con ocasión del 12 de Octubre, fiesta nacional de España, comentaba Ignacio Camacho en las páginas del ABC que la tensión de los separatismos, la polarización política, el inmediatismo electoral, el conflicto de Ceuta -cuya frontera no supo defender la Moncloa-, están quebrando la “idea de España como proyecto compartido”, es decir la existencia misma de la nación, concepto anterior a su expresión jurídica como Estado.
Si definimos con Tobar Donoso a la nación como “un pueblo que tiene conciencia de su individualidad histórica”, es difícil pensar en un mejor ejemplo, al menos en Occidente, que España, cuya conciencia edificada sobre la familia cristiana se proyectó en el tiempo y le permitió, entre tantas ejecutorias, la reconquista luego de ocho siglos de dominación musulmana; expandir su visión hasta convertirse en la potencia europea con mayores dominios imperiales bajo la Casa de Austria; legar el sistema jurídico a la América hispana y hacer del español, tomado como lengua materna, el segundo idioma más hablado del mundo.
La misma Transición y su producto jurídico, la Constitución de 1978, son reflejo de esa conciencia colectiva.
Sobre España, su carácter y su legado han corrido océanos de tinta de diversa factura, han opinado moros y cristianos, ateos y creyentes, conquistadores y conquistados, a favor y en contra, pero nadie ha puesto en duda que ha sido un pueblo con marcada identidad y vocación.

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Y sin embargo, esa identidad está en crisis -como lo está en todo Occidente en algún grado-. ¿Cómo puede estarlo al cabo de siglos de afianzarla? ¿Acaso bastan unos pocos años o décadas de confrontación interna y miseria política para llevar una nación al borde de su disolución? ¿Si esto sucede en un país con raíces tan profundas, qué cabe esperar de las naciones americanas, cuya identidad es apenas un esbozo?
Es indudable que en el trasfondo de este fenómeno se camufla un proceso bien orquestado para controlar la cultura, manipular la educación, socavar las referencias éticas y trastocar las estéticas, al punto que las nuevas generaciones han llegado a sentirse avergonzadas de lo mismo que sus abuelos mostraban con orgullo y a rendirle culto a lo mismo que sus abuelos habrían repudiado.
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Lo que se ha orquestado en nuestras narices, en los mismos colegios pagados con nuestras pensiones y tributos -hay excepciones, desde luego-, por mandato de una burocracia rectora y su molde único de pensamiento, es una campaña de alteración de la memoria colectiva, de imposición de un relato, uno solo y cansino, en suma un proceso de deconstrucción de la identidad y su marco moral de referencia, mientras se censuraba las voces disidentes, cuyos textos no encontraban casa editorial, posada en las mayores librerías ni cabida en los planes oficiales de estudio.
A fin de cuentas, una población acrítica, sin memoria histórica, con escasa formación humanista, que lee poco, reflexiona menos y consume incansable y sin beneficio de inventario la basura de las redes, con tal que la validen los algoritmos de Silicon Valley o Beijing, es el pasto más propicio para el colectivismo y su contracara, un Estado omnipresente.