Mano dura y mano justa
Entre la desconfianza política y la falta de soluciones cotidianas, Ecuador enfrenta una crisis de percepción sobre la seguridad nacional

La detención coordinada entre la Policía Nacional y el Comando Sur de EE. UU., del presunto cabecilla de una estructura que trabajaba para el cártel CJNG, la califiqué de “excelente” en X.
Días atrás fue detenido el presunto cabecilla de una estructura que trabajaba para el cártel Jalisco Nueva Generación. La operación, coordinada entre la Policía Nacional y el Comando Sur de EE. UU., dejó 36 detenidos. La califiqué de “excelente” en X. Hubo muchas reacciones a favor, pero me llamó la atención una vorágine de comentarios negativos: “Falsos positivos para hacerle creer a la gente el show”, “necesitan tropas gringas que les ayuden? VERGONZOSO”., “Y la soberanía, te suena ese término?”, “opinólogos lacayos”, “en las calles nada cambia con eso”.
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No son solo voces anónimas en internet. Días atrás, una voz respetada en la opinión pública dijo, más o menos, que Noboa podía traer a 20 Jordanes, pero que, si hubiera apagones, de nada serviría. Como si una cosa tuviera que ver con la otra. Suena extremo, pero me atrevo a predecir que, en un futuro no muy lejano, las capturas de criminales de alto perfil provocarán indignación colectiva. Puedo ver esa tormenta en el horizonte. Una especie de sociopatía de masas. ¿Qué la provoca?
Poner un aparato público eficiente al servicio del pueblo
Dos fenómenos son evidentes. El primero: mientras el Gobierno se esmera en comunicar los golpes que asesta al crimen organizado, hay un sector político y otro de la sociedad que insisten en convencernos de que todo es falso, todo es malo, nada sirve.
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El segundo es responsabilidad directa del Gobierno. Sus aciertos en lo macroeconómico y en el combate al crimen organizado no terminan de sentirse en la calle en forma de estabilidad económica, atención de salud, seguridad y esperanza. El Gobierno no puede depender solo de tres o cuatro ministros ejecutivos o jugados. Necesita poner todo el aparato público al servicio de la gente, depurarlo de mafias enquistadas y sumar muchos más hitos. De lo contrario, el país pierde su habilidad para examinar los hechos, reconocer aciertos y, al mismo tiempo, mantener una postura crítica. Se cae en la trampa del ‘nada sirve’, ‘todo está mal’, incluso cuando se atrapa a un narcotraficante. Vamos perdiendo la brújula moral en una dinámica donde las deficiencias del poder alimentan la desconfianza, las agendas interesadas la explotan y la sociedad exige seguridad mientras se queja cuando se captura a quien se la arrebata. El desafío del Estado es sostener la mano dura contra el crimen mientras tiende una mano justa a su pueblo.