Cambiar es necesario
Diseñar el modelo de nación en Ecuador exige rescatar los valores desde la familia y la escuela, formando ciudadanos íntegros frente al éxito instantáneo

Cuando los valores se retiran, postergados por los ‘buenos resultados’, hay que pensar en el Ecuador que queremos vivir, o mejor, que dejaremos a nuestros hijos y sus descendencias.
En tiempos en que los principios se esconden y refunden al fondo de los cajones de la conciencia, dejados de lado y aplastados por la llamada ‘oportunidad’ o el ‘éxito instantáneo’, y cuando los valores se retiran, postergados por los ‘buenos resultados’, hay que pensar en el Ecuador que queremos vivir, o mejor, que dejaremos a nuestros hijos y sus descendencias.
Sí, pensamos que urge diseñar el modelo de nación que anhelamos, en el que encajen todas esas necesidades que reclamamos, como la honradez, lealtad, paz, buen desarrollo etc., ideales todos estos que extrañamos y buscamos.
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El cambio real empieza en la mesa familiar y en las aulas
Diseñado el modelo, el todo, veamos la parte: el ser humano que ha de vivirlo y crecer ahí. Lo necesitamos inteligente, maduro, claro en virtudes ciudadanas, abierto al otro y al progreso común, con esa agilidad de pensamiento y capacidad creativa que hoy necesitamos para formarlo, para educarlo, conscientes de que ese ser ideal que urge no caerá del cielo, sino que está en nuestras aulas, en la mesa familiar, en nuestras cunas. El asunto, pues, está en nuestras manos y requiere que comencemos hoy.
El trabajo no es fácil, porque habla de coincidencias entre familia y escuela, porque habla de desarrollar personalidades sólidas, fuertes, resilientes, capaces de enfrentarse a los problemas sin descuidar lo axiológico; porque habla de autoridades que no vayan complacientes a donde las lleve el viento, sino que sean capaces de poner la pica en Flandes y construir futuro.
Nos empeñamos en hacer normas, en lo legal, como si la legalidad pudiese corregir los problemas de la moralidad, y esto hace más grande el desafío, pues nos lleva a trabajar en el individuo, en su interior, en su espiritualidad, que es más que su cognición.
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Cortemos hilos conductores y volvamos a ser la familia que educa, que forma, que ejemplifica; que no da gusto para que sean felices, sino para que sean buenos. Dejemos de ser la escuela complaciente que todo lo permite y deja pasar. Volvamos al aula que desafía la voluntad, que reta a la inteligencia, que premia y corrige según los casos. La sociedad de hoy lo clama.