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Diario Expreso Ecuador

¿Y si todos estamos equivocados?

Frente al juicio apresurado en redes sociales, la libertad de expresión exige cuestionar certezas y escuchar posturas disidentes con sensatez

Hace dos semanas, frente al Ágora de Atenas, recordábamos a Sócrates y su “solo sé que nada sé”. Más de dos mil años después, John Stuart Mill llevaría la humildad al terreno de la libertad.

Hace dos semanas, frente al Ágora de Atenas, recordábamos a Sócrates y su “solo sé que nada sé”. Más de dos mil años después, John Stuart Mill llevaría la humildad al terreno de la libertad.Canva

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En 1957, Sidney Lumet estrenaría ‘12 Angry Men’ -en español Doce hombres en pugna-, una película que transcurre casi por completo en una sola habitación. Doce jurados debían decidir la suerte de un joven acusado de matar a su padre. El caso parecía evidente y, en la primera votación, once levantarían la mano para declararlo culpable. Solo uno, el jurado número ocho -interpretado por Henry Fonda- votaría distinto. No porque estuviera convencido de que el acusado fuera inocente, sino porque no estaba seguro de que fuera culpable. “No es fácil levantar la mano y mandar a un muchacho a morir sin antes hablarlo”, diría. Aquel jurado -el sin nombre número 8- no traía una verdad, traía una pregunta. ¿Y si todos estamos equivocados?

Hace dos semanas, frente al Ágora de Atenas, recordábamos a Sócrates y su “solo sé que nada sé”. Más de dos mil años después, John Stuart Mill llevaría la humildad al terreno de la libertad. En ‘Sobre la libertad’, de 1859, escribiría qué pasaría si toda la humanidad, menos uno, compartiera una opinión. Sostenía Stuart Mill que así como esa persona no tendría el derecho de silenciar a la humanidad, la humanidad tampoco tendría el derecho de silenciar a esa persona. Porque nunca podremos estar seguros de que la opinión que pretendemos acallar sea falsa, por minoritaria que sea.

Las sentencias de las redes sociales

Hoy vivimos rodeados de esos mismos jurados, aunque no hayan sido convocados. Cada mañana las redes sociales entablan un tribunal y dictan sentencia. Nadie delibera, todos decretan. El que duda es tibio, el que pregunta es sospechoso y el que disiente, un traidor. La unanimidad se ha vuelto una forma de pertenencia y la duda una forma de exilio. Y así, sin darnos cuenta, nos vamos decantando por lo tribal y el aplauso por sobre la deliberación y la sensatez.

No es casualidad que las grandes tragedias de la humanidad nacieran de las certezas absolutas. Los arquitectos de las utopías colectivistas jamás se preguntaron si podían estar equivocados, y por eso nunca dejaron de estarlo. Hayek lo entendería como pocos: el conocimiento está disperso en millones de personas y nadie, por brillante que sea, lo posee completo. Por eso la libertad de expresión y el mercado no dejan de ser instituciones humildes. Son mecanismos cuya naturaleza se presta para corregir errores más que para decretar verdades.

Convicción, dogma y humanidad

Creer en la libertad no es creerse infalible. Es aceptar que el otro también puede tener razón y que la mejor manera de defender una idea no es imponerla, sino exponerla al debate. Una convicción que no resiste una pregunta no es una convicción; es un dogma. La duda no es el enemigo de nuestras ideas, es lo que las mantiene vivas.

En la película, el jurado número ocho no convence a nadie a gritos. Pregunta, escucha y revisa cada evidencia con paciencia. Uno a uno, los demás comienzan a dudar, hasta que la sala entera cambia su veredicto. Al final, en las escalinatas del juzgado, dos de aquellos hombres, que durante toda la historia fueron apenas números, se dirían sus nombres, se darían la mano y se despedirían. Quizás esa sea la lección más hermosa; al cambiar la arrogancia sofista por la humildad en el debate, dejamos de ser un número o simplemente masa, para transformarnos en verdaderos seres humanos.

¡Hasta la próxima!

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