El derecho a incomodar
Es que la libertad de expresión no fue concebida para proteger opiniones agradables. Su razón de ser es proteger aquellas que molestan a quienes gobiernan

Si solo se protegieran las opiniones que el poder considera razonables ya no hablaríamos de un derecho, sino de un permiso
“Es una pena que tengamos en la Presidencia un segundo Correa”, dijo Osvaldo Hurtado. Bastó esa frase para provocar un fenómeno digno de estudio. Rápidamente se pronunciaron funcionarios, legisladores y simpatizantes del oficialismo. Unos lo acusaron de degradar el debate público. Otros, de desinformar.
Hubo incluso algún desubicado que sostuvo que, por haber llegado a la Presidencia tras la muerte de Jaime Roldós, no podía hablar de democracia. Y, por supuesto, tampoco faltaron los insultos, el recurso de los sin argumentos. Casi nadie respondió al fondo de sus palabras. La discusión giró, más bien, alrededor de su derecho a pronunciarlas.
Y la escena es profundamente irónica. Muchos de quienes reaccionaron dicen defender la democracia. Sin embargo, frente a una opinión incómoda, parecieron olvidar que la libertad de expresión es uno de sus pilares esenciales.
Naturalmente, se puede discrepar con Hurtado y pensar que la comparación es equivocada o injusta. Pero las democracias no exigen moderación en las opiniones, exigen argumentos para responderlas. Para eso existe el debate público.
Quito
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IVONNE MANTILLA
La libertad de expresión protege las opiniones incómodas
Es que la libertad de expresión no fue concebida para proteger opiniones agradables. Su razón de ser es precisamente proteger aquellas que molestan o desafían a quienes gobiernan. No deja de ser paradójico que algunos acusaran a Hurtado de “degradar el debate” mientras respondían, precisamente, con descalificaciones personales. Si solo se protegieran las opiniones que el poder considera razonables ya no hablaríamos de un derecho, sino de un permiso.
Entre lo más llamativo, sin embargo, estuvo la rapidez con la que tantas voces coincidieron en atacar a Hurtado. Si ese mismo entusiasmo se destinara a defender la institucionalidad o a resolver algunos de los problemas más urgentes del país, probablemente viviríamos en un Ecuador bastante mejor.
Al final, el verdadero escándalo nunca fue que Osvaldo Hurtado llamara “segundo Correa” a Daniel Noboa. Fue descubrir cuántos creen que el problema no era la frase y lo que hay detrás, sino que alguien se hubiera atrevido a pronunciarla.