Sociedad cómplice
Las pequeñas transgresiones cotidianas, normalizadas desde la infancia, alimentan una cultura de irrespeto que debilita la convivencia y facilita la corrupción

La escena refleja el impacto cotidiano de las pequeñas faltas de convivencia y la transmisión del irrespeto a las normas en la vía pública.
Cada día, en un supermercado, en la parada de bus o en un giro en el tráfico Ecuador libra una batalla que casi nadie identifica. La del respeto a la fila, a los vecinos. Parece un detalle menor pero no lo es. Es el primer paso en la escalada antisocial que con frecuencia practicamos frente a nuestros hijos.
Cuando alguien se cuela sin reproche, cuando un conductor invade un carril sin consecuencia o un adulto mayor es avasallado en un espacio público, no es solo un acto de mala educación; es un aprendizaje antisocial. Porque los niños observan conductas y las repiten. Si ven que la norma no importa para quien tenga más audacia, poder o arrogancia, interiorizan una lección peligrosa: la regla es para el que no sabe evadirla o para el tonto.
Lo que aprenden los niños al observar a los adultos
Ese aprendizaje temprano se convierte con los años en indiferencia ante la propiedad ajena, en irrespeto hacia la autoridad, en el imperio del ‘vivo criollo’ como modelo de éxito social. Y ahí comienza el terreno fértil que buscan las estructuras del crimen organizado: una sociedad ya acostumbrada a violar no solo las normas de conducta social sino también la legal.
La extorsión que hoy asfixia a comerciantes y transportistas, la corrupción que erosiona instituciones, encontraron terreno preparado por años de pequeños abusos tolerados tales como autoridad familiar desplazada, el quemeimportismo del bienestar del vecino.
Combatir el crimen organizado exige más que policías y leyes. Exige crear cultura de respeto comunitario, erradicar la cultura del individualismo extremo, porque la gran corrupción y la gran violencia siempre empiezan como una pequeña transgresión que nadie corrigió a tiempo.
Bajo tales circunstancias, el Ecuador secuestrado por la narco delincuencia, por la burocracia corrupta, no es únicamente consecuencia de narcopolíticos; es resultante de una cultura antisocial que nace y crece desde la familia, el barrio, el Estado. Esa es la sociedad y país que construimos, la de la ‘viveza criolla’, la del abuso, la del bacán, de la sapada e irrespeto a la autoridad y la ley, de cuyos resultados nos hace cómplices.