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Diario Expreso Ecuador

No hay élites… ¿Las queremos?

No tenemos problema para reconocer que nos faltan líderes pero no estamos dispuestos a reconocer la excelencia de los mejores, ni a concederles autoridad alguna

Desconfiar de la excelencia se ha vuelto norma de conducta. El concurso del nuevo Museo Nacional lo confirmó al elegir otro proyecto distinto al ganador original.

Desconfiar de la excelencia se ha vuelto norma de conducta. El concurso del nuevo Museo Nacional lo confirmó al elegir otro proyecto distinto al ganador original.Archivo Expreso

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Al Ecuador le faltan líderes: es la queja (plenamente justificada por los hechos) más recurrente de nuestra democracia. Nos faltan líderes, es cierto, sobre todo en Quito, donde su ausencia se traduce en una sucesión ininterrumpida de alcaldes mediocres: desde el bien mandado sin carácter hasta el corrupto alevoso sin olvidar al simplemente pendejo… Así, más de dos decenios. ¿Puede sobrevivir una ciudad a semejante crisis? Precisamente: no puede. Porque toda sociedad, como escribió Ortega hace cien años, es un compromiso dinámico entre una masa y una minoría, compromiso fuera del cual no hay acción posible. Y en esta suerte de contrato social resulta tan importante la capacidad de la élite para inspirar a las masas como la disposición de las masas para hacer valer el carácter inspirador de la élite. Esto exige una característica de la que los ecuatorianos, aficionados a tirarle piedras al que va adelante, carecemos por completo: la capacidad de admirar a otros.

Y aquí viene el drama del que no se habla nunca. Porque no tenemos problema para reconocer que nos faltan líderes (es más: nos complace hacerlo en tanto nos libra de responsabilidades) pero no estamos dispuestos a reconocer la excelencia de los mejores, menos aún a concederles autoridad alguna. Demasiado mezquinos para rendirnos ante la excelencia, preferimos imponer nuestra propia ignorancia como fortaleza inexpugnable. Para volver con Ortega: la excelencia, entre nosotros, es una descortesía. ¿Cuántas veces, en nuestras tertulias o conversaciones, la palabra aguda, la observación inteligente, termina siendo ridiculizada? Desconfiar de la excelencia es una norma de conducta, hasta el punto en que se la ha llegado a considerar una enemiga.

Populismo o conocimiento técnico e identidad cultural

¿No es esa la tesis que se acaba de imponer en el fraudulento concurso para elegir al proyecto arquitectónico para el nuevo Museo Nacional? No van a ser los expertos (es decir, los que saben de lo que están hablando cuando hablan de proyectos técnicos para construir museos) los que nos digan cómo tiene que ser el edificio en el que proyectemos nuestra identidad y con el que nos sintamos representados, dijo alguien. Y esa idea se convirtió en la teoría sobre la que se justificó la razón populista sobre la que se edificó el simulacro del que acabamos de ser testigos: el fetiche del voto popular, ese fantasma, como respuesta válida al saber técnico y al conocimiento. Voto popular desinformado, peor aún: engañado por imágenes de realidad virtual y metalenguajes publicitarios. El resultado es una tragedia para el patrimonio nacional: el proyecto elegido resultó ser uno de los peores (desde el punto de vista técnico) que se habían presentado al concurso.

¿Refleja, por lo menos, nuestra identidad cultural? ¿Nos representa? Para responder esa pregunta habría que saber primero qué diantres es eso. Pero no: no representa nuestra identidad ni más ni menos que el ganador del concurso original (y legítimo) que fue desechado por la razón populista. Porque ¿qué clase de arquitectura puede hacer eso de representar nuestra identidad? Quienes intentaron una respuesta fueron incapaces de salir del estrecho (y políticamente peligroso) ámbito de la alegoría. Pero ¡oigan! Ganó el pueblo. Sin mediación de élite alguna. Ante semejante logro, ¿por qué habríamos de confiar en los pocos que se exigen en procura de la excelencia? ¿Quién, al fin y al cabo, necesita un museo técnicamente diseñado?

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