El oficio de mirar
No es personal, es análisis. Lo que alguien te dijo probablemente lo piensa mucha gente. Es un síntoma. Y la columna lo nombra

Imagen referencial. Columnista escribiendo sobre temas relevantes.
Hay una frase que Alberto Rigail citó hace unos días en LinkedIn y que no me ha soltado: “Un escritor no escribe cuando escribe. Escribe todo el tiempo”. La atribuye a Vargas Llosa, aunque la paternidad importa menos que la precisión de la imagen. Porque es verdad. Y es incómoda.
La escritura constante
Escribir todo el tiempo significa que una conversación en la mesa puede convertirse en columna. Que una frase dicha en una reunión de negocios termina siendo argumento. Que la vida privada, así como la conversación pública, son para quien escribe materia prima permanente. El escritor no declara cuándo trabaja. Trabaja siempre.
Juan Gabriel Vásquez acaba de publicar Esto ha sucedido, una compilación de sus columnas en El País que describe como el diario de un pesimista al que se le cumplieron todos los presagios. Vásquez lleva 20 años escribiendo opinión, así como Rigail más de una década publicando su columna en El Universo, y ambos escriben desde la convicción. No van a lugares oscuros sin mapa, como el novelista. Defienden la columna como lugar de certeza razonada frente al ruido de un mundo donde la mentira viaja más rápido que el argumento. Y sin embargo, los dos beben del mismo pozo: la vida que no para.
Yo sé lo que es estar en ese pozo sin saberlo. He sido materia prima. He aparecido en la escritura de otros. Aunque no soy exactamente yo en esas páginas. Ningún manual de periodismo lo explica: por qué el columnista no roba la vida ajena. Sino que la recibe. La procesa. La devuelve convertida en argumento. Y vive en esa frontera. Lo que escucha en un intercambio privado y lo que lee en el debate público se procesan igual. No siempre es fácil distinguir dónde termina la experiencia y dónde empieza el análisis. Pero hay una línea que el oficio exige respetar: la idea que alguien expresa pertenece al aire que respiramos todos. La identidad de quien la expresó, no.
No es personal, es análisis. Lo que alguien te dijo probablemente lo piensa mucha gente. Es un síntoma. Y la columna lo nombra. En un tiempo donde todo circula sin forma ni jerarquía, el columnismo como mirada personal que ordena el ruido social, no es trinchera, sino lente.
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