elecciones presidenciales en Brasil
El hijo que hereda la silla
El avance de Flávio Bolsonaro refleja la fuerza del apellido, el voto evangélico y el desgaste del gobierno de Lula, en un Brasil dividido

El apellido Bolsonaro resurge impulsado por el voto evangélico y el desgaste de Lula.
En 1831, Pedro I, emperador de Brasil, abdicó entre abucheos y se embarcó rumbo a Europa. Dejó atrás un trono y a un niño de cinco años que, con el tiempo, reinaría casi medio siglo. Brasil tiene, pues, una vieja costumbre: despedir al padre en desgracia y quedarse con el hijo. Casi dos siglos después, la escena se repite, en ese universo paralelo que es la política brasileña actual.
Jair Bolsonaro gobernó entre 2019 y 2022, perdió la reelección ante Lula, se negó a entregarle la banda presidencial y terminó condenado por intentar un golpe de Estado. Hoy está preso e inhabilitado. Cualquiera habría dado el capítulo por cerrado. Pero el 4 de octubre su hijo mayor, el senador Flávio, de 45 años, obtuvo el 47 % de los votos válidos frente al 45 % de Lula, y tres encuestas publicadas esta semana lo dan ganador en la segunda vuelta del 25 de octubre. ¿Cómo se explica?
Conviene recordar quién es el padre. Jair fue durante 27 años un diputado marginal, célebre por su nostalgia de la dictadura y sus frases impresentables. Llegó al poder en 2018 montado sobre el Lava Jato, con Lula en la cárcel, el PT desacreditado y una puñalada en campaña que lo volvió mártir. Su gobierno dejó una pandemia mal manejada, la Amazonía en llamas y un país partido en dos. Pero dejó algo más duradero: una identidad. El bolsonarismo dejó de ser un hombre para volverse una tribu, y las tribus no necesitan al jefe presente; les basta el apellido como signo identitario.
El regreso del bolsonarismo en Brasil
La respuesta fácil al posible regreso del bolsonarismo se le atribuye a las iglesias evangélicas, y algo de verdad tiene. En 1980, nueve de cada diez brasileños eran católicos; el censo de 2022 los dejó en 57 % y a los evangélicos en casi 27 %. Es una de las mutaciones religiosas más veloces de la historia moderna, y tiene traducción electoral: en 2018, Jair barrió entre evangélicos 70 a 30. Las iglesias, además, ocupan en las periferias el lugar que el Estado abandonó: guardería, bolsa de empleo, consuelo y, de paso, consigna electoral. Flávio, bautizado en una iglesia evangélica en 2024, se ha arrodillado en los púlpitos, ha prometido "decretar" que Brasil es del Señor y, si gana, será el primer presidente evangélico elegido por voto directo.
Pero las iglesias no lo explican todo. Ese voto no es un rebaño automático: cuando Flávio se peleó con su madrastra Michelle y se filtró un audio suyo con un banquero en apuros, perdió puntos entre los fieles en cuestión de semanas. Además, los evangélicos ya votaban por el bolsonarismo en 2022, y aun así ganó Lula. Algo más se movió.
Ese algo se llama hartazgo. Más de la mitad de los brasileños desaprueba al gobierno. La inflación rompió el techo de la meta justo antes de la elección, y la luz subió más de 12 % el año pasado, castigando a una clase media que no recibe subsidios. En economía, crimen y cuentas fiscales, los votantes confían más en Flávio; Lula conserva ventaja solo en pobreza y desigualdad, que es como ser el mejor bombero de un barrio donde todos se quejan del tráfico. Súmese que Lula cumple 81 años dos días después del balotaje. Flávio lo resumió con crueldad de mercader: Lula es "un producto vencido".
Hay un tercer factor, más incómodo: la corrupción. El escándalo del Banco Master salpicó a media Brasilia, incluido un juez del Supremo, y aunque también rozó a Flávio, el desgaste lo carga quien gobierna. Y está la abstención récord, porque el hartazgo no solo empuja a votar contra alguien; también manda a muchos a quedarse en casa.
Brasil, además, no vota en el vacío. Chile, Bolivia, Perú y Colombia ya giraron a la derecha. En Lima gobierna Keiko Fujimori, hija de otro expresidente condenado. América Latina parece haber descubierto que, si no se puede reelegir al padre, se elige al hijo con todo el aire mesiánico que siento que ello conlleva.
Nada está escrito. Lula presume de ser un maestro de las segundas vueltas, pero en la democracia brasileña reciente nadie que llegó segundo ha logrado remontar. Si lo consigue, será una hazaña. Si no, Brasil habrá repetido 1831 al revés: esta vez no se va el padre para que reine el hijo; reina el hijo para que, de algún modo, vuelva el padre.