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Diario Expreso Ecuador

El himno de Galíndez

Hernán Galíndez, nacido en el extranjero, defiende a Ecuador con honor e identidad, mientras los ecuatorianos no solemos valorarnos a nosotros mismos ni al país

Los ecuatorianos debemos  hablar de nuestros colores, de nuestra gente, de nuestro himno, con el mismo orgullo que lo hace Galíndez, que abrió los ojos en Rosario y su corazón en la Mitad del Mundo.

Los ecuatorianos debemos hablar de nuestros colores, de nuestra gente, de nuestro himno, con el mismo orgullo que lo hace Galíndez, que abrió los ojos en Rosario y su corazón en la Mitad del Mundo.Archivo Expreso

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Hernán Galíndez salió muy joven de Argentina, maltratado por el fanatismo ciego y las circunstancias. Aterrizó en un club pequeño que en ese tiempo jugaba en el descenso, en un país eternamente emproblemado. Lo que para muchos habría sido el ocaso de su carrera, para él fue un renacer porque en Ecuador encontró éxito deportivo y, sobre todo, un hogar. Verlo cantar el himno nacional emociona: no tiene actitudes patrioteras, sino que transmite amor y respeto por esta tierra. La defiende con honor y gratitud, no por obligación, por decisión y convencimiento.

La lección de identidad que nos deja Hernán Galíndez

Pero esta columna no va de fútbol. Va sobre los ojos con los que nos vemos y con los que nos ven desde afuera. Nosotros somos expertos en hacernos de menos, en denigrarnos como si tuviésemos vergüenza de reconocer lo que otros admiran. Le ponemos el pie al que crece, intentando igualarnos hacia abajo. Ignoramos nuestra historia porque nos autoconvencimos de que no es suficiente para formar identidad, cuando ella está llena de heroísmo y resiliencia. Mientras cultivamos valores casa adentro, no aprendemos aún a defenderlos como nación; por otro lado, llega un extranjero que se encuentra con familias solidarias, unidas como un puño, y no quiere irse nunca más.

En la película de la vida, somos el corto de la humanidad: los mejores momentos, las más hermosas tomas, condensados en un pedazo muy pequeño, suficiente como para poder abrazarlo entre todos. Aquí no se necesita de mucho para ser felices, tan solo que se encuentren entre sí los buenos. Eso lo entendieron nuestros abuelos, que nunca dejaron de poner un plato más en la mesa a pesar de las limitaciones económicas.

Para cuando salga esta columna tendremos ya un resultado del partido con México. Ojalá se convierta en una alegría, pero, sobre todo, en la enseñanza de que todo lo que hace falta para alcanzar los sueños lo tenemos ya adentro. Que a partir de ahora hablemos de nuestros colores, de nuestra gente, de nuestro himno, con el mismo orgullo que lo hace Galíndez, que abrió los ojos en Rosario y su corazón en la Mitad del Mundo.

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