Elegir, ¿nos basta?
Una reflexión sobre el Estado de derecho, la democracia y la necesidad de instituciones sólidas para que se prospere más allá de los cambios de autoridades

El desarrollo urbano depende de normas estables y una gestión pública responsable.
El gobierno de los Estados Unidos ha anunciado un acuerdo en Venezuela para asegurar una transición ordenada. El acuerdo empezó por lo que casi nadie esperaba. No por quién manda, sino por cómo se manda. Primero las reglas, después los nombres. Esa inversión de prioridades tiene un apellido viejo y olvidado: imperio de la ley. Reglas por encima de las personas, derechos que ningún gobernante puede tocar porque no se los inventó él.
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Algo parecido celebran los Estados Unidos este año, en su aniversario 250. En su núcleo, la constitución no buscaba empoderar al gobierno. Buscaba atarlo. Es un documento escrito por gente que desconfiaba del poder, incluido el suyo, y que prefirió encadenarlo antes que confiar en la buena voluntad de quien lo ejerciera.
La democracia más allá de las elecciones
Traigo estos dos casos como anécdota. Sirven para hacernos una pregunta incómoda en época de encandilamiento electoral. Después de décadas de elecciones, con alcaldes que se turnan sin resultados reales, de planes que fracasan y de ciudades que no cambian, ¿qué le ha dejado la democracia a nuestras ciudades?
La pregunta no es retórica. Votamos cada cuatro años y la misma vereda rota, el mismo trámite eterno, el mismo expediente que duerme sobreviven a todos los partidos. El alcalde de turno gobierna sobre las personas y no bajo una ley que lo contenga.
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Ahí está el malentendido de fondo. Creímos que rayar una papeleta cada cuatro años bastaba para que la ciudad funcionara. Pero la democracia que solo elige y nunca limita produce exactamente lo que hoy tenemos. Gestores del deterioro que creen que un 25 % del voto los hace dueños de la verdad.
Una ciudad próspera y con espacios públicos de calidad no nace de quién gana la elección. Nace de reglas estables que el alcalde no puede romper a su antojo. Las reglas de la prosperidad son pocas: respeto por la propiedad privada, garantías para los creadores de riqueza y ética en el manejo de fondos públicos.
Ninguna de esas condiciones se ha dado en democracia. Luego de cuarenta años, ¿es hora de preguntarse si ha servido para algo?