Nosotros y el civismo
La clase y el compañerismo han de fortalecerse sobre el egoísmo natural de lo mío, del yo, que se encima sobre los demás

El civismo comienza con el compromiso de los ciudadanos de cuidar los espacios públicos y formar a las nuevas generaciones en el respeto y el amor por su ciudad.
En los últimos días del pasado agosto, fuimos invitados al relanzamiento de la Junta Cívica de Guayaquil y, entre tantas y buenas ideas como las que se dijeron ese día, un pensamiento quedó girando y rebotando en la conciencia. Lo dijo Isabel Noboa, muy claro como revelador: “Nuestra ciudad no es solo el lugar donde vivimos; es el reflejo de quiénes somos”.
Guayaquil, el reflejo de sus habitantes
La idea es clara y pone la pica en Flandes, porque los guayaquileños somos muy dados a los discursos elocuentes y a los grandes postulados, pero rehuimos mucho a entender que el entorno: casa, barrio, ciudad, es producto de lo que nosotros hacemos. Somos muy dados también a pedir que alguien nos solucione el problema, pues nos cuesta salir de nuestro metro cuadrado de gestión o influencia para sumarnos a buscar salidas comunes.
Entender el nosotros, entender la propiedad colectiva, nos cuesta: “No cuido el parque porque al Municipio le toca”; “No cuido la escuela pública porque no es de nadie”. No terminamos entendiendo que estos son nuestros porque son del Estado en el que estamos inmersos aunque los administre un gobierno. Los abstractos nos son esquivos o, mejor, indiferentes.
El mérito de ese pensamiento está en la invitación que nos hace a rescatar el plural, a entender que somos parte de un todo, en que compartimos una misma identidad y que, por tanto, está en nosotros, sin esperar de terceros, el tomar la iniciativa. Y esto es lo que también debemos llevar al aula: la clase, el compañerismo han de fortalecerse sobre el egoísmo natural de lo mío, del yo que se encima sobre los demás. Así trabajaremos en la base del civismo: amor e identidad.
El civismo se aprende desde la infancia
El civismo es darse a la ciudad; es amarla, es reconocerla en sus circunstancias, es vivirla como la vivieron nuestros mayores, dando sin esperar retribución, forjándola sin exclusiones y de esa manera generosa, casi heroica, con que fue levantada tantas veces, sin esperar comisiones, contratos de proveeduría o relumbrón personal. Entendiendo que nos refleja como mi cuarto, mi casa y mi barrio.
Formemos niños que amen y cuiden a su ciudad porque los refleja y retrata.