Lo importante y lo urgente
Gobierno y ciudades enfrentan el dilema entre atender crisis cotidianas o construir un futuro sostenible con políticas de Estado sólidas y planificación

Tanto el Gobierno central como los seccionales son reactivos antes que preventivos, lo que se vincula con la ausencia de planificación y de una visión limitada sobre el país y las ciudades.
Decía la siempre genial Mafalda (el ‘alter ego’ del gran Joaquín Lavado, más conocido como Quino) que “siempre: lo urgente no deja tiempo para lo importante”. No solo que la frase es una de las críticas más profundas sobre la vida contemporánea, sino que, también, se convierte en una metáfora social y política sobre las decisiones (o la ausencia de ellas) que se toman en los países latinoamericanos, particularmente en el nuestro.
Hay, al menos, tres causas que lo explicaría y que se aplica tanto para el gobierno central como para los gobiernos seccionales: la primera, la ausencia de planificación y de políticas que se sostengan a largo plazo, más allá de las coyunturas político-partidistas y la obsesión de refundar el país cada cuatro años luego de cada elección. La segunda, el vivir en una crisis permanente que obliga a apagar incendios económicos y sociales día a día. De alguna manera esto responde a la visión perversa de mantener situaciones de demandas con la finalidad de dar respuesta a lo coyuntural en lugar de lo estructural, descuidando aspectos que son fundamentales, aunque se los considere no prioritarios. Y la tercera, el ser reactivos antes que preventivos, lo que se vincula, nuevamente, con la ausencia de planificación y de una visión limitada sobre el país y las ciudades.
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Para dar algunos ejemplos. Entre los cuestionamientos que se hacía a la edificación del nuevo Museo Nacional del Ecuador estaba la de quienes argumentaban que no se trataba de una obra prioritaria para el país, ya que hay enormes carencias que conocemos en los hospitales públicos o la limitada inversión en obra pública. En este caso, la preservación de la memoria y la protección del rico patrimonio nacional debería pasar a un segundo plano, hasta que, algún día, se resuelvan los grandes problemas nacionales. Lo mismo ocurre con las ciudades, cuando se siguen ofreciendo soluciones puntuales sobre carencia de servicios y nadie habla de una visión de ciudad en el tiempo. Es así como desplazamos a lo importante para priorizar (¿resolver?) lo urgente.