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Diario Expreso Ecuador

Noventa minutos

El fútbol logra unir a los ecuatorianos como pocos fenómenos, aunque también puede distraer de los problemas estructurales del país

La celebración futbolística refleja unidad nacional, pero abre debate sobre su efecto en la atención a problemas del país.

La celebración futbolística refleja unidad nacional, pero abre debate sobre su efecto en la atención a problemas del país.Archivo

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Hay pocas cosas capaces de ponernos de acuerdo como sociedad ecuatoriana. No lo hace la política, tampoco la economía y mucho menos las redes sociales, donde basta escribir ‘buenos días’ para que alguien responda insultando hasta a la tercera generación de tu familia. Pero hay algo que sí consigue el milagro: el Himno Nacional segundos antes de que ruede la pelota.

La Tri logra lo que la política no consigue

Durante noventa minutos desaparecen las diferencias. Nadie pregunta por quién votaste, nadie discute ideologías y hasta el pesimismo de todo lo que pasa en el día a días e pone en pausa. Yo no soy el más futbolero del mundo, pero sería absurdo negar que el jueves pasado Ecuador entero celebró como si cada gol hubiera sido propio.

Hace pocos días conversaba con un amigo y coincidíamos en algo: el empate con Curazao había bajado el ánimo del país, y tenía sentido. Entre tanta noticia de las que abundan en nuestro país (sí, las más horrendas), todos necesitábamos una buena noticia, una razón para sonreír.

El problema empezó cuando al triunfo le siguió un decreto. A ver: una cosa es celebrar una victoria histórica y otra muy distinta aprovechar la euforia colectiva para distraer. Descansar nunca será malo, todos necesitamos tiempo para la familia, para los amigos o simplemente para desconectarnos. Lo discutible -para mí- no es el descanso, sino el momento.

Entre la unidad nacional y la evasión de problemas

El fútbol tiene una virtud extraordinaria y un defecto igual de grande. Une como pocas cosas, pero también distrae como ninguna. Mientras discutimos el segundo gol, dejamos de hablar de lo demás. Eso quizás explique por qué los gobernantes de todas las épocas han entendido tan bien el poder que tiene una pelota.

Lo verdaderamente valioso del 2-1 no fue el marcador, sino descubrir que todavía somos capaces de sentirnos parte de un mismo país. Que el ‘nosotros’ existe. Que podemos abrazarnos con un desconocido sin preguntarle de dónde viene ni qué piensa.

Ojalá esa unidad no dure solamente hasta el próximo partido ni dependa de un decreto presidencial, porque Ecuador necesita mucho más que noventa minutos de felicidad. Necesita ciudadanos que recuerden, cuando el árbitro pita el final, que el verdadero partido empieza al día siguiente.

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