La debacle electoral de Brasil es culpa de Lula
Tras la derrota electoral, Lula da Silva afronta duras críticas por la crisis económica, la falta de relevo y el ascenso imparable del bolsonarismo

Un liberalismo insurgente parece improbable, pero es lo único que puede impedir reestrenos reiterados de la deprimente película de Lula versus Flávio.
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, en algún momento pintaba como salvador de la izquierda de su país. Después de las elecciones del 4 de octubre, más bien parece el sepulturero de esa izquierda.
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La derrota de Lula y de sus aliados fue contundente. Al contrario de lo que preveían las encuestas, Lula perdió la primera vuelta ante Flávio Bolsonaro, un hijito de papá cuya única credencial es su apellido.
Como los otros tres candidatos con votos importantes provienen de la derecha o centroderecha, la presidencia está casi en manos de Flávio, ahora favorito para la segunda vuelta del 25 de octubre.
Ahí no termina el fracaso del actual gobernante. El Partido Liberal de Bolsonaro tendrá el mayor número de escaños en el Congreso y la mayoría de gobernadores. El clan Bolsonaro resultó el gran ganador: la esposa del patriarca golpista, Jair, junto a dos hijos y su hermano, serán parlamentarios.
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Sin relevo generacional ni rumbo económico
Toda explicación de lo que le salió mal a la izquierda comienza con el propio Lula. Aun cuando su historia de vida —de humilde obrero a ocupar el poder— sigue siendo admirable, hoy es un hombre del ayer. Se repite la historia de Biden: un octogenario proclive a las divagaciones que no debió ser candidato y que compitió solo por la ausencia de alternativas.
Bajo el árbol de Lula, a sus potenciales sucesores les ha sido difícil florecer. Su heredero, el exministro Fernando Haddad, acaba de perder la gobernación de São Paulo por un gran margen contra un aliado de Bolsonaro, sellando su cuarta derrota consecutiva. La larga sombra de Lula continuará oscureciendo el futuro de la izquierda.

Combo de fotografías de archivo que muestra al senador Flávio Bolsonaro (i), y al presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva.
La economía viene creciendo gracias al alza internacional de los recursos naturales, no por logros del gobierno. Al mismo tiempo, el costo de vida es una cuestión candente. Lula ha retrasado las reformas estructurales necesarias para la productividad, mientras la situación fiscal es grave: el déficit superará el 8% del PIB y la deuda pública se estima en cerca del 95% del PIB. Con las tasas de interés al alza, es una combinación tóxica.
Lula tampoco supo aprovechar la oportunidad frente a Trump ni dio una respuesta firme al crimen organizado. Otra deficiencia es su afinidad con dictadores; sus fotos aplaudiendo a Putin o codeándose con los mullahs de Irán no resultaron un activo para su campaña.
¿Qué podemos aprender de estas elecciones trágicas?
- El populismo autoritario de derecha va al alza. Trump volvió al poder y es probable que lo mismo suceda con los Bolsonaro. Mal presagio para las próximas elecciones en Francia, Polonia e Italia.
- Las recetas izquierdistas tradicionales no entusiasman. La pizca de superioridad moral no basta para ganar en lugares como Texas, Mato Grosso do Sul o São Paulo.
- El centro político se extingue. Si los partidos de centroizquierda y centroderecha mantienen su actitud, terminarán como dinosaurios. Aferrarse al poder como socio minoritario de partidos extremos resulta más veneno que tónico.
Los centristas han cometido el error de volverse sinónimos del establishment. Toda elección es entre cambio y estancamiento, y quienes defienden el status quo rara vez ganan. Un liberalismo insurgente parece improbable, pero es lo único que puede impedir reestrenos reiterados de la deprimente película de Lula versus Flávio.