Flynn
El deterioro cognitivo en jóvenes y el auge de la IA plantean una paradoja: ¿cederemos nuestro intelecto y emociones voluntariamente a las máquinas?

La IA nació racional y bastante torpe emocionalmente. Sus creadores intentan corregirlo. Con entrenamiento y psicología del comportamiento pueden hacerla más cálida, persuasiva, paciente o empática.
Que nuestras capacidades intelectuales de ‘Homo sapiens’ progresaron más rápido que las de otros homínidos no está en duda. En decenas de miles de años acumulamos una ventaja cognitiva que terminaría por convertirnos en la especie dominante. Ahora aparecen señales en sentido contrario.
Luego de los tests PISA, Le Monde se ha hecho eco este mes del deterioro de conocimientos y capacidades cognitivas entre niños y adolescentes. Conviene no exagerarlo: durante décadas las puntuaciones de IQ aumentaron generación tras generación, el llamado efecto Flynn, y la evidencia actual no demuestra un derrumbe universal. Pero sí existen poblaciones y capacidades donde aquella tendencia parece haberse detenido o revertido.
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¿Entregaremos todas las dimensiones de nuestro intelecto?
Cabe una defensa curiosa: quizá seamos menos capaces de razonar, recordar o concentrarnos, pero emocionalmente más inteligentes. Tampoco me atrevo a asegurarlo. Es muy ligero y agradable hacer ‘scroll’ entre mensajes motivacionales, con una conversación infinita en formato de chat que nos hace sentir conectados. Suponiendo que nuestras emociones ganen terreno frente al raciocinio, ¿es eso progreso? ¿Qué clase de animal resulta de intercambiar capacidad cognitiva por sensibilidad emocional? Social y políticamente, algo ganaremos y algo perderemos.
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La pregunta adquiere otra dimensión cuando aparece una inteligencia no humana capaz de asumir esas funciones. La IA nació racional y bastante torpe emocionalmente. Sus creadores intentan corregirlo. Mediante entrenamiento y psicología del comportamiento pueden hacerla más cálida, persuasiva, paciente o empática. Pueden incluso mover una perilla y variar la mezcla según la tarea.
Sin saberlo, lo que tenemos al frente es también una negociación. Podemos ceder progresivamente a las máquinas ambas dimensiones de nuestro intelecto. O decidir qué tareas entregamos y cuáles debemos conservar. Hace miles de años nuestra ventaja fue aprender a pensar mejor que nuestros pares. Recién hace unas décadas entendimos que las emociones también pintan pero aún no sabemos si en ellas podemos encontrar nuestra próxima evolución. Sería paradójico entregarlo todo voluntariamente.