La fotografía vencida
Una elección reúne en una papeleta a ciudadanos con motivaciones, necesidades y expectativas distintas. Gobernar como si todos pensaran igual puede ser el error

El desafío de interpretar la voluntad popular sin caer en la tentación de homogeneizar a un electorado diverso y cambiante.
Una raya, una cruz. La papeleta pide muy poco. Todo lo que ocurrió antes desaparece en ese gesto. El miedo, el cálculo, una cuenta que no alcanza, el recuerdo de una calle por la que ya no caminamos, incluso la antipatía por la persona que marcamos. Queda la marca de un instante.
El mismo elector reclama más Estado para proteger una calle y menos para abrir un negocio, y vota por alguien sin querer parecerse a él. Las viejas etiquetas no desaparecieron, pero contienen peor estas combinaciones. En junio, cuando faltaban cinco meses para las seccionales, Cedatos encontró que el 82,8 % de los ecuatorianos no tenía afinidad partidista. Votarán de todos modos, porque la necesidad de elegir sobrevive a la pertenencia.
La ficción de una voluntad única
Después esas cifras tienen otra vida. El analista identifica tendencias y el ganador las lee como una sola voluntad. Si la victoria se explica por la seguridad, aparece un electorado de la seguridad. Si se explica por la economía, uno de la economía. Los partidos lo dicen hasta que la coalición suena a identidad.
Ningún gobierno puede actuar sobre casi 14 millones de biografías. Esa ficción es necesaria en la urna y peligrosa a la mañana siguiente, cuando se vuelve la realidad sobre la que se gobierna. Una mayoría electoral no es una mayoría que piensa lo mismo, es una mayoría que, enfrentada a unas opciones concretas, terminó marcando lo mismo. La diferencia parece pequeña y políticamente es enorme, porque en la misma casilla coinciden el convencido y quien descartó la alternativa. La noche electoral los vuelve indistinguibles. Gobernar como si fueran iguales es el primer error del ganador.
Confundimos la fidelidad del instante con la permanencia de lo que la fotografía retrata. El voto fue real, tuvo consecuencias, pero se decidió entre unas opciones y en una fecha. Y la fotografía envejece rápido. Una prioridad desplaza a otra, una expectativa se topa con un resultado, una confianza se gasta.
El político gobierna con esa fotografía en la mano y el elector nunca cupo entero en el encuadre. Quizá haya que hacer dos preguntas ante cada voto. Cuánto de una persona cabe en su propia marca y cuánto tiempo permanece allí.
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