La política inhabitable
La participación política parece más activa que nunca en la era digital, pero la abundancia de opiniones puede ocultar una creciente desconexión

La participación ciudadana y el involucramiento en los asuntos públicos son elementos esenciales para la construcción de una democracia activa.
Cualquier conversación de estos días termina en política. Y termina mal. Quien la trae al frente lo hace para denigrarla con refinamiento o sostenerla en la visceralidad. Pocos se esfuerzan en serio por edificarla. La escena se repite en distintas escalas. La cumbre que evita lo importante. La negociación de paz que congela lo que pretende resolver. La rendición de cuentas que confía en la infografía. La representación ya nos resulta tan repetitiva que la abandonamos. La política se comenta. No se habita.
El nuevo ‘idiotes’
Los griegos llamaban ‘idiotes’ al que se replegaba en lo privado y abdicaba de la polis. De ahí viene el insulto que hoy usamos sin recordar su origen político. Solo que el ‘idiotes’ contemporáneo no se calla. Habla todo el tiempo. La diferencia con el griego es estructural. Él sabía que estaba afuera, nosotros creemos que estamos adentro.
Esa creencia toma formas comunes de tratar la política. Deconstruirla en clave terapéutica, la nacionalidad como condición clínica. Leerla como un estado de resultados, el registro estratégico, operativo, instrumental. Ironizarla en sobremesa, el desprecio elegante de cómplices culturales que la descalifican de oficio porque es de mal gusto. Y está la política reducida a unidad de consumo digital. El cuerpo del ‘idiotes’ contemporáneo en acción. Cada una mueve la política a un lenguaje vecino. Ninguna la deja serlo.
La política se opinó hasta la locura. Decimos que es disfuncional. La vemos como lugar donde prevalece la corrupción y el abuso de poder. Todos hablan, todos comparten. Pero lo que decide está en otra parte. La ilusión de pertenencia es la forma más eficaz de captura.
Ese diagnóstico habilita el retiro. Pero el espacio que se deja no queda vacío. Aunque tengamos conciencia de que la política es un acto creador civilizatorio, no está dada, se hace. Por eso se puede dejar de hacer.
Cuando se abandona lo común
Donde no hay política habitada, no hay mundo común. Llegar a este punto nos tomó milenios. Vaciarnos de todo eso podría tomar una generación. Ya Platón lo había visto. El desdén de los capaces entrega la polis a manos ajenas.
Vivir sin vivir en la política es regalársela a quienes no la van a soltar.
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