Más allá de las estrellas
A través de la ciencia y la emoción, Interstellar explora el impacto del tiempo en nuestras relaciones y la huella indeleble del amor que dejamos

El tiempo podrá llevarse nuestras vidas, pero no necesariamente aquello que hicimos con ellas.
En Interstellar, la película de Christopher Nolan, un astronauta de la Nasa llamado Cooper emprende un viaje hacia los últimos confines del universo con la remota posibilidad de salvar a la humanidad, pero con una certeza dolorosa; quizás nunca volverá a ver a sus hijos. Mientras atraviesa el espacio a velocidades cercanas a la de la luz, el tiempo de acuerdo con la teoría de la relatividad de Einstein, transcurre de manera diferente para cada observador. Aquello que para él son pocas horas pueden convertirse, para quienes ama, en décadas. La película transforma así una aventura científica en uno de los cuestionamientos más humanos: ¿qué sucede cuando el tiempo y la distancia consiguen separarnos de aquellos que amamos?
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Resulta conmovedora la relación entre Cooper y su hija Murph. Durante años, ella mantiene la esperanza de volver a ver a su padre. Él, a millones de kilómetros de distancia, nunca deja de buscar la manera de regresar. Porque el amor es aquello que los mantiene unidos a pesar de todo; un vínculo que se niega a desaparecer incluso a pesar del paso del tiempo. Sin embargo la vida, a diferencia de los poemas y las películas, no siempre nos concede el tiempo que quisiéramos o creemos tener.
A veces, de manera inexplicable e injusta, el viaje se interrumpe demasiado pronto. Hay familias a las que una tragedia les cambia para siempre el rumbo. Padres que deberán aprender a convivir con una ausencia que jamás imaginaron, o pequeños hijos que crecerán con preguntas para las que nadie tendrá respuestas suficientes. Hay dolores de los que no existen palabras capaces de explicar y pérdidas ante las cuales solamente queda abrazar, acompañar y recordar.
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Y así, sin embargo, siempre existirá esperanza. Porque quienes se van jamás desaparecen completamente. Permanecerán en las historias que contamos, en los gestos que recordamos, en las fotografías, enseñanzas y costumbres que atesoramos. Pero, por sobre todo, persisten en el amor que dejaron sembrado en los corazones de aquellos con quienes compartieron su vida.
Quizás esa sea una de las mayores lecciones de Interstellar; podremos estar separados por distancias que parecen imposibles de vencer y por tiempos que jamás podremos recuperar, pero existen vínculos que jamás obedecerán a dimensiones humanas. El amor siempre permanece de una manera difícil de explicar, pero que todos somos capaces de reconocer.
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Por eso, mientras emprendemos nuestra propia odisea, debemos siempre recordar que nadie tiene certeza sobre la longitud del viaje. Nunca sabremos cuántos amaneceres nos quedan ni cuánto tiempo nos será concedido junto a quienes amamos. Sí podemos, en cambio, decidir qué dejaremos en aquellos que caminan juntos a nosotros.
Al final, quizás la vida consista precisamente en eso: lograr que nuestro paso por este mundo deje la suficiente luz para que, cuando llegue la noche, quienes continúen nuestro viaje quizás puedan mirar hacia las estrellas y encontrar allí, de alguna manera, nuestra presencia. El tiempo podrá llevarse nuestras vidas, pero no necesariamente aquello que hicimos con ellas. Porque como bien nos recuerdan Cooper y Murph en Insterstellar, hay algo que siempre puede atravesar incluso aquello que parecería infranqueable: el tiempo, la distancia y el espacio. Y eso es el amor.
¡Hasta la próxima!