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Diario Expreso Ecuador

La Marcha de la Nutella

El declive de partidos como el PSC expone la pérdida del tejido social y la necesidad de reconstruir las instituciones, en una sociedad que construya consensos

La “Marcha de la Nutella” reflejaba una sociedad capaz de organizarse. Juntas cívicas, cámaras, gremios, universidades y colegios profesionales podían coordinarse alrededor de objetivos comunes.

La “Marcha de la Nutella” reflejaba una sociedad capaz de organizarse. Juntas cívicas, cámaras, gremios, universidades y colegios profesionales podían coordinarse alrededor de objetivos comunes.Archivo Expreso

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Mientras observaba el peculiar ‘crecimiento’ y cambio de logo del Partido Social Cristiano, entre crisis internas, pérdida de rumbo y un caudillismo que terminó devorando a la propia institución, recordé un viejo proverbio árabe: quien camina solo llega más rápido; quien camina acompañado llega más lejos. La política suele ser apenas el síntoma. El deterioro, creo yo, comenzó mucho antes.

A esa reflexión se sumó la lectura de una reciente columna de Mariela Rosero sobre sociedad civil y en especial una mención sobre lo que el correísmo bautizó despectivamente como la “Marcha de la Nutella”. Más allá de cualquier diferencia política, aquel episodio reflejaba una sociedad capaz de organizarse. Juntas cívicas, cámaras, gremios, universidades y colegios profesionales podían coordinarse alrededor de objetivos comunes. Existía un tejido social.

Cómo se fue perdiendo el tejido social

Quizá fue ese tejido el que empezamos a perder. Ningún partido puede sostenerse si las instituciones que forman liderazgos, generan ideas y articulan consensos también se debilitan. Cuando los gremios dejan de pensar en sus profesionales para concentrarse en disputas internas de tesorería; cuando las universidades venden únicamente la promesa del éxito económico y olvidan formar ciudadanos críticos, investigadores y profesionales preparados para los nuevos desafíos; cuando las asociaciones pierden su vocación de servicio, la política muta en un desfile de personalismos y proyectos que rara vez sobreviven a sus propios líderes.

Por supuesto, existen honrosas excepciones. Ellas demuestran que todavía es posible construir pensando en el largo plazo.

Siempre me gustó aquella idea de que, antes de cambiar el mundo, uno debe empezar por arreglar su propia cama. Tal vez, antes de pretender refundar el país o levantar el próximo gran movimiento político, debamos reconstruir nuestras propias instituciones. Los grandes proyectos nacionales no nacen del caudillo de turno. Nacen de una sociedad que aprende a caminar acompañada, dialogar, construir consensos y pensar más allá de una elección.

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