Ver para creer
De la radio a la inteligencia artificial: cómo la tecnología transformó la manipulación de la verdad y el periodismo a lo largo de la historia

Desde los relatos radiales hasta las redes sociales y los desafíos de la IA, siempre se ha tratado de manipular la verdad.
Antes de las transmisiones televisivas se acusaba, aquí y en otros países, que los relatores deportivos, especialmente de fútbol y de boxeo, exageraban, por decirlo de algún modo, las incidencias de los encuentros. El nacimiento del radio transistor, que lo hacía portable, dejó en evidencia a varios, aunque ello, definitivamente, se dio con la masificación de la televisión y su omnipresencia en los torneos y campeonatos. Lo mismo pasaba con mítines políticos que, pese a la escasa asistencia, eran magnificados por periodistas adictos y con fotografías si bien no trucadas, sí tomadas de un modo tal que pretendían hacer ver algo distinto a la realidad.
Por supuesto, los regímenes comenzaron a usar las imágenes para alterar la realidad, haciendo de la propaganda una especie de arte del engaño. Un Goebbels con televisión hubiese sido imparable, pero de él aprendieron y surgieron discípulos, si bien no tan aventajados, muy capaces de hacer creer a sus pueblos maravillas inexistentes.
La tecnología destruyó nuestra confianza en lo que vemos
Pero la estafa masiva es cada vez más complicada, con el advenimiento de la Internet y con los teléfonos inteligentes que hacen de cada ciudadano una especie de reportero (a veces no muy santo, tampoco). Con las redes sociales y estos artilugios, la buena publicidad de regímenes de espanto, como el de Allende, no hubiese sido tan viable. No digo imposible, porque siempre habrá los admiradores de los Chávez-Maduro y de los Ortega. A la inversa, la mala publicidad y la mentira contra otros regímenes, tampoco hubiese sido tan sencilla.
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Pero hoy, en cambio, el ‘ver para creer’ es algo que ya ha llegado a lo imposible. La inteligencia artificial te hace ver de todo y, ahora, dudar de todo. Ya no se sabe qué es real y qué no. Poner palabras en la boca de alguien ya no es una cuestión tan compleja. Hemos vuelto entonces al pasado: todo lo que te dice el relator, sea verdadero, falso, exagerado o impreciso, es cada vez más difícil de distinguir. La verdad es un derecho, proclaman las normas, pero conseguirla, hoy, es lo mismo que pretenderla de esos relatores de los años 40.
Goebbels hubiese obrado ‘prodigios’ de haber tenido televisión masiva (como, de hecho, lo quiso). No me imagino todo lo que hubiese logrado con todos los ingenios actuales. La destacada frase de Santo Tomás, hoy, es una quimera. ¿Hasta cuándo?