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Diario Expreso Ecuador

 

Ricardo Arques | Atentado al valor de la juventud

...la única forma real de acabar con el crimen organizado es “cortar el reclutamiento de los cárteles”

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Todas las sociedades, todas las culturas otorgan a la juventud roles preponderantes de avance y cambio. Hay un Día Internacional de la Juventud, el 12 de agosto, y en la institucionalidad del mundo rebosan anaqueles con estudios sobre jóvenes comparados con futuro, con pensamiento crítico y con el empuje de las transformaciones sociales. Tanta atención significa, sin discusión, la importancia capital de la juventud en el desenvolvimiento de la vida. En la sabiduría popular se le guarda un papel sobresaliente por la misma razón. “Juventud, divino tesoro”, se concluye en una definición más simple y profunda. Al fin y al cabo se asimila mejor por su prosa llana: sin una juventud atendida, cuidada, formada y aprovechada como una joya no existe posibilidad alguna de progreso individual ni colectivo. Parece que Ecuador se desentiende de esta realidad. Hay doce planteles educativos de Guayaquil y Durán cuyos jóvenes alumnos no pueden recibir clases presenciales por la violencia que ni la Policía ni los estados de excepción han podido parar en estos tiempos de lacras. Los han enviado a casa, a su suerte. No todos tienen red para conectarse a las clases digitales, ni celular, ni computadora, de modo que del trampolín de la educación saltarán de repente al vacío de la calle. Un estudio reciente sobre la violencia elaborado en México, un buen espejo para Ecuador, concluye que la única forma real de acabar con el crimen organizado es “cortar el reclutamiento de los cárteles”, o sea, que los jóvenes tengan alternativas de ganarse la vida más allá del sicariato. Extraño pronunciamientos contundentes, de firme solución, de las máximas autoridades en Educación y Seguridad Nacional, de las múltiples plataformas de defensa de los derechos humanos sobre esta barbarie contra jóvenes escolares de Durán y Guayaquil. ¿Hasta dónde?, ¿hasta cuándo? Pareciera que abandonar jóvenes -estos doce planteles ahora, luego sumarán otros-, cabe en la resignación de pintar otra raya más al tigre en la imparable escala violenta. Y no, eso no. Basta rescatar dos declaraciones para concienciarse de esta infame faceta que asoma a nuestro drama nacional. “No hay garantías, ni una, para trasladarse de casa a la escuela”, dice Luis Chonillo, alcalde de Durán. “Si sigue así la situación criminal lo sacaré a mi hijo porque el año escolar lo puede recuperar, la vida no”, dice una madre afectada. Estremecedor, un atentado irresponsable, irreparable contra el divino tesoro de la juventud y del país.

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