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José Molina | El mundo de cabeza

Esta columna no busca explicar ni polemizar sobre lo accesorio. Busca empatizar y llevarnos a una reflexión más profunda...

Repugna ver casos en los que la víctima termina siendo quien sufre las consecuencias más fatales de lo hecho por su agresor. Es, quizá, una de las expresiones más reprochables de que en este mundo demasiadas cosas están al revés. Esta columna es en honor a Noelia Castillo, una joven que, tras ser agredida sexualmente por una manada de subnormales, quedó postrada en una silla de ruedas con paraplejia.

Y aun así, lo verdaderamente insoportable parece no alcanzar a dimensionarse, puesto que no se trata solo del acto atroz, sino de todo lo que vino después: una vida interrumpida, días que cambiaron para siempre y, sobre todo, una dignidad que tuvo que intentar reconstruirse sobre ruinas que nadie debería llegar a conocer.

Resulta vomitivo ver cómo quienes destruyen siguen adelante, mientras quien fue destruida tiene que aprender a sobrevivir con el daño, como si este no bastara, como si las circunstancias insistieran, día tras día, en recordarle que es ella quien tiene el precio más alto por pagar.

A veces se habla de estos casos con distancia, como si fueran estadísticas o simples debates sobre temas colaterales, pero no. Tienen nombre, tienen rostro, tienen familia, y arrastran secuelas tan profundas que también golpean a quienes acompañan, desde cualquier trinchera, durante ese duro proceso.

Noelia no puede quedar reducida a una discusión. Tiene que permanecer como una historia que nos sacuda, de esas que obligan a preguntarnos en qué momento permitimos que lo más elemental se desordene tanto, al punto de que una víctima cargue con las peores consecuencias de la violencia que sufrió. Esto supera lo inadmisible.

Por eso, esta columna no busca explicar ni polemizar sobre lo accesorio. Busca empatizar y llevarnos a una reflexión más profunda que sobrepasa esos pocos caracteres que puede aportar, porque es demasiado fácil mirar a otro lado, hacerse de la vista gorda y seguir.

Démonos cuenta de lo que pasa, pues hay injusticias que, si no nos incomodan o no nos llevan a reflexionar, es porque ya las normalizamos, y eso también -aunque cueste decirlo y admitirlo- nos hace parte del problema.