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Jaime Antonio Rumbea | 27 veces

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El consenso es silencioso, no exige respuesta, no moviliza. El conflicto convoca, obliga a posicionarse

¿Y si la conflictividad que nos rodea es solo una forma de coordinación?

El nobel Schelling observó que, incluso sin comunicarnos, las personas logramos encontrarnos en torno a ciertos puntos evidentes: los puntos focales. El ejemplo original era Nueva York: si sabes que tienes que encontrarte con alguien a cierta hora pero no el lugar, la gente coincide en decir que iría a Grand Central. Los paracaidistas antes de la era de las radios coincidían inevitablemente en lugares como puentes, iglesias o plazas. No son decisiones óptimas; son visibles, intuitivas, inevitables. En medio del desconcierto, orientan.

Hoy, esos puntos ya no emergen espontáneamente. Las plataformas no deciden qué pensar, pero sí qué aparece. Y en ese proceso, aquello que genera más reacción -no más verdad- asciende. El criterio no es la validez, sino la intensidad. Y el conflicto predomina. Según se ha discutido, el algoritmo de X llegaría a ponderar y exponer hasta 27 veces más la interacción conflictiva que la consensual.

El consenso es silencioso, no exige respuesta, no moviliza. El conflicto convoca, obliga a posicionarse. Por ello coordina.

Así, el conflicto se convierte en el nuevo punto focal. No porque domine la realidad, sino porque domina la visibilidad. Y sobre esa visibilidad organizamos nuestras percepciones. De ahí el malestar difuso, la volatilidad del humor social. No reaccionamos a los hechos, sino a lo que tenemos delante.

También de ahí el tipo de liderazgo que emerge: no el que sintetiza, sino el que encarna tensión; no el que estabiliza, sino el que intensifica. En un entorno donde la atención es escasa, lidera quien logra volverse punto focal.

Esto tiene una implicación inmediata, paradójica, en la negociación política y el manejo de conflictos: como el nombre del juego es definir el eje alrededor del cual los demás coordinan, el conflicto tiene un efecto magnético.

Tal vez el problema no es que el mundo esté más dividido, sino que hemos aprendido -casi sin advertirlo- a encontrarnos siempre en el mismo lugar: donde el conflicto es más visible.