Fernando Insua Romero | Carta de amor a la democracia
Votamos en un mes, contamos en otro y proclamamos después. Todo dentro de la norma, aseguran. Y tal vez sea cierto
Querida democracia: te escribo en estos tiempos modernos, en los que -como toda relación que se reinventa- has aprendido a ser flexible. Ya no eres la estructura rígida, casi obstinada, que se aferraba a calendarios y reglas como si fueran promesas. Hoy entiendes mejor la realidad: si el clima cambia, los intereses cambian, y tú también. Porque nadie puede predecir a El Niño, y sería una imprudencia no anticiparse. También sería irresponsable no pensar en la participación ciudadana o en la vulnerabilidad de ciertas zonas. Y, por qué no decirlo, tampoco en el dinamismo del comercio. Después de todo, San Valentín -como señaló la presidenta de la Cámara de Comercio de Pichincha- también puede beneficiarse de estos ajustes. Por eso te envío esta carta de amor en abril, aunque la leas en noviembre y la celebremos en febrero, al ritmo del CNE.
Es admirable tu capacidad de adaptación argumentativa. Cada explicación encuentra su lugar: clima, logística, participación, tiempos administrativos. Incluso el lenguaje ha evolucionado contigo. Ya no se adelantan elecciones, sino “votaciones”. Y uno aprende, como en toda relación duradera, que hay matices que es mejor no cuestionar demasiado porque después duermo en el sofá exiliado.
Nos dicen que el proceso sigue intacto con sus etapas: convocatoria, campaña, votación, conteo. Solo que ahora el tiempo entre ellas parece estirarse, como si la certeza pudiera administrarse en plazos largos. Votamos en un mes, contamos en otro y proclamamos después. Todo dentro de la norma, aseguran. Y tal vez sea cierto, y todo sea perfectamente legal. Pero no todo lo legal es necesariamente tranquilizador. El problema no es mover una fecha sino la sensación de que las reglas pueden moverse. Que lo que hoy se ajusta por prudencia, mañana puede ajustarse por conveniencia. Y en ese pequeño desplazamiento, casi imperceptible, se erosiona nuestra relación ya golpeada de tantos años, desde 1979; toda una vida.
El amor, dicen, necesita certezas mínimas para sostenerse. No grandes promesas, reglas claras. Y tú, democracia, empiezas a parecer cada vez más una relación donde todo se puede explicar… pero ya no todo se puede creer. Con afecto, Fer.