Los furiosos elementos
El fuego se intensifica por las elevadas temperaturas mientras que el agua es empujada por los tornados y huracanes...
El mundo enfrenta, dentro de su vieja y perpetua paradoja, la furia inusitada de dos elementos que en dimensiones o cantidades prudentes son útiles para la vida humana, animal, vegetal y mineral. Nos referimos, por supuesto, al agua y al fuego que desde no hace mucho tiempo han aparecido sobre en este planeta con su versión más dantesca, devastando poblaciones y causando muertos, heridos y familias enteras en la más profunda miseria. Mientras que, en ciertos países europeos, el tan cálido elemento que Prometeo robó a los dioses, según el mito griego, para entregárselo a los humanos, ha consumido miles de hectáreas de bosques, en tanto que el líquido vital en ríos que con su fuerza devastadora se va llevando todo a su paso, como lo fue en la India y la China. En Estados Unidos el fenómeno ha sido doble, pues mientras en California han desaparecido con el gigantesco flagelo la mayor parte de sus áreas verdes, como en otros estados vecinos de la tierra de Lincoln y Roosevelt, el H2O, atropellador e incontenible, con sus crecientes ha dejado a su paso también muerte y destrucción.
El fuego se intensifica por las elevadas temperaturas mientras que el agua es empujada por los tornados y huracanes y a la vez estos elementos usan el propicio viento en su terrible aventura destructiva.
En nuestro país ha sido sobre todo el agua la que ha provocado el malestar y la devastación. En Quito, a más de los grandes aluviones ocurridos hace poco en las zonas de La Comuna y La Gasca, que dejó innumerables víctimas y acrecentó las miserias y necesidades de dicha población, tras una larga e intensa lluvia recibió también una violenta granizada que dejó a un gran sector de la capital vestido de blanco, como si hubiese nevado. Para completar esta temporada tan negativa, en la provincia del Carchi tembló la tierra provocando temor, destrucción e incertidumbre entre sus habitantes.
Ante estos acontecimientos, los creyentes cristianos podrán decir con el respectivo temor que todo lo sucedido podría ser el comienzo del fin que predijo San Juan en el cuarto evangelio, el Apocalipsis, que Nostradamus, siglos después, se encargaría de ratificar.