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Fausto Ortiz | La economía atrapada entre dos fuegos

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El país está atrapado entre dos fuegos y la salida dependerá de si logra transformar coyunturas excepcionales 

Comparar el crecimiento económico según el período de referencia arroja resultados distintos, pero una constante emerge: mientras más nos alejamos del inicio de la dolarización, más difícil se vuelve crecer. En los 26 años dolarizados, la economía pasó de expandirse 4,8 % anual entre 2000 y 2006, a 3,8 % entre 2006 y 2016, y apenas 1,7 % de 2016 a 2025.

La diferencia es abismal: en el segundo período, el consumo del gobierno crecía 7,5 % y la inversión (impulsada por la pública) 4,8 %, mientras que en el tercero ambos apenas rozaron el 1 %. El consumo de los hogares, motor que representa el 65 % del PIB, también perdió fuerza: de crecer 3,4 % anual en 2006-2016, cayó a 2,3 % en 2016-2025.

La holgura que brindaba un nivel de endeudamiento por debajo del 20 % del PIB, junto con el buen momento del crudo a partir de 2007 hoy no se dispone. En la actualidad el reciente financiamiento viene acompañado de un sólido compromiso de ajuste fiscal que, al encontrar dificultad de recortar gasto corriente, se enfocó en menor obra pública, disminuir el subsidio en diésel e incrementar el IVA principalmente.

El resultado es una economía atrapada ‘entre dos fuegos’: por un lado, la necesidad de disciplina fiscal; por otro, la urgencia de dinamizar la inversión y el consumo. La tensión entre estabilidad y crecimiento explica por qué el país avanza cada vez más lentamente.

El 2025 logra crecer 3,7 % según reseña el Banco Central, teniendo las exportaciones un comportamiento excepcional, creciendo 6,4 % con relación al año anterior, triplicando el promedio histórico desde que arrancó la dolarización. Fue mucho más que un simple rebote tras el magro 0,8 % de 2024.

El desempeño de 2025 mostró que la economía puede sorprender cuando un sector como el exportador se expande con fuerza, sin embargo, empezamos el año con la alta probabilidad que el cacao no repita sus excepcionales últimos tres años.

La dificultad de mantener alta la vara del crecimiento logrado en el sector externo podría hacernos querer ver como positivo un acuerdo con nuestro principal socio comercial para evitar que otros sectores exportadores ‘hagan agua’.

Necesitar mayor obra pública y desear controlar el déficit van en direcciones opuestas. La disciplina fiscal que limita el crecimiento originado al interior del país debe abrir espacio a un marco de confianza para el capital externo y abandonar el mediocre nivel de inversión extranjera directa para, en ese mismo camino, ganar en la adquisición de tecnologías y estimular la productividad interna, que incluso nos permita ampliar la oferta exportable con productos o servicios de mayor valor agregado.

Ecuador no puede seguir creciendo a golpe de coyunturas: o convierte la disciplina fiscal en plataforma para diversificar y atraer inversión, o quedará condenado a la estabilidad y todo lo que aquello conlleva sobre empleo y desarrollo.

El dilema es claro: Ecuador necesita mantener la disciplina fiscal para otorgarle sostenibilidad al presupuesto del Estado, pero también debe encontrar nuevas fuentes de dinamismo. El país está atrapado entre dos fuegos y la salida dependerá de si logra transformar coyunturas excepcionales en estrategias sostenibles.