Ernesto Albán Ricaurte | Cuando el humor incomoda
La censura explícita es visible y genera reacción social negativa. La autocontención editorial, en cambio, es silenciosa
El humor político ha sido, históricamente, una de las formas más eficaces de oposición al poder. No necesita pruebas ni discursos largos. Le basta una imagen, una ironía, una exageración. Un buen chiste político no argumenta: desacraliza. Y cuando el humor rompe la solemnidad, el poder deja de ser intocable.
Por eso la caricatura política tiene un peso especial. No informa, pero interpreta. No describe, pero revela. Muchas veces resume mejor que cualquier análisis la percepción social sobre quienes gobiernan. Esa capacidad la vuelve incómoda para cualquier autoridad.
La salida de Bonil, después de más de tres décadas como caricaturista del Diario El Universo, reabre una discusión relevante. Poco después del cambio de propietarios del diario (la venta a un grupo de inversionistas en febrero de 2026), varias de sus caricaturas, el propio autor habló de seis en poco más de un mes, dejaron de publicarse sin explicación. Bonil lo interpretó como un límite a su mirada crítica y optó por marcharse por dignidad profesional. No es un hecho menor. Cuando el humor político deja de aparecer, algo cambia en el clima editorial.
La pregunta surge de inmediato: ¿se trata de una decisión empresarial o de una forma indirecta de control político? No hay evidencia pública para sostener lo segundo. Los nuevos dueños tienen derecho a definir la línea de su diario. Pero el problema no desaparece por ello. El poder no siempre necesita censurar abiertamente. A veces basta con modificar incentivos. Las restricciones no se imponen de manera abierta; se intuyen y terminan operando como una frontera invisible.
Ese es el punto más delicado. La censura explícita es visible y genera reacción social negativa. La autocontención editorial, en cambio, es silenciosa. No prohíbe, pero limita. No sanciona, pero desplaza. Y el efecto es el mismo: menos crítica, menos incomodidad, menos humor político.
La libertad de expresión no se mide solo por lo que se puede decir, sino también por lo que se deja de publicar. Cuando el humor político desaparece, no siempre es por censura estatal, pero siempre es una ventaja para el poder.