Diana Acosta-Feldman | Niños en las redes
Los peligros que enfrentaban los niños hace una década no son ni remotamente los que los acechan ahora
El control del material audiovisual al que nuestros niños pueden acceder es preocupante: lo hacen sin una censura adecuada y están expuestos a mensajes cuyo fin es atraparlos en dependencias prácticamente adictivas.
Aplaudo la iniciativa de tratar en la Asamblea una reforma al Código de la Niñez para prohibir el acceso y el uso de las redes sociales para menores de 15 años, a fin de mitigar riesgos como el ciberacoso y la exposición a contenido nocivo.
Es una reforma necesaria que enfrentará desafíos en su implementación y control, dado que el ciberespacio es extenso y, en muchos casos, cuenta con plataformas que adaptan sus trampas para sortear las leyes vigentes.
Es indispensable que, más allá de los controles y sanciones a implementar por parte del Estado, se establezcan la responsabilidad indelegable y el compromiso de los padres en el control y la supervisión de los menores, mediante el establecimiento de barreras tecnológicas que impidan su acceso sin autorización.
Independientemente de que se logre elaborar y aprobar la mejor reforma al código, esta no será efectiva sin la colaboración del entorno social de los menores, y en esto no solo participan los padres, sino también los centros escolares, el sistema de salud y las autoridades, que tendrán que prepararse para establecer medidas de prevención o sanción en caso de incumplimientos de la norma.
Incentivar la lectura, fortalecer la interacción familiar y social, desarrollar tareas manuscritas y caligrafías, así como promover actividades lúdicas para lograr la desconexión y la desintoxicación de los elementos electrónicos que son parte rutinaria de sus vidas.
Hay una realidad: los peligros que enfrentaban los niños hace una década no son ni remotamente los que los acechan ahora. Como padres, más allá de una ley, somos responsables de educar integralmente a nuestros hijos y, en este proceso, debemos evolucionar a la par del desarrollo tecnológico, que nos abruma por su vertiginosa velocidad. No debemos permitir que nuestros niños sean lesionados ni atrapados en la vorágine de las redes sociales.