Andrés Velasco | Mala decisión en Cuba
La posible salida de Díaz-Canel no implicaría grandes cambios, ya que nunca ha tenido el control real
En la década de 1960, la CIA intentó asesinar a Fidel Castro con métodos extravagantes como puros envenenados o conchas explosivas, creyendo que eliminar al líder resolvería los problemas de Cuba. Hoy, Donald Trump parece seguir una lógica similar, aunque con tácticas menos llamativas. Sin embargo, esa estrategia no funcionó entonces ni parece que vaya a funcionar ahora.
El actual presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ha admitido que el régimen negocia con Estados Unidos. Muchos consideran que el objetivo de esas conversaciones, lideradas por el secretario de Estado Marco Rubio, es su salida del poder: mantener el sistema, pero cambiar su figura visible, como se intentó en Venezuela.
Sin embargo, Cuba no es Venezuela. En Caracas, Trump toleró la continuidad del chavismo a cambio de beneficios económicos ligados al petróleo. Cuba carece de ese recurso. Aunque tiene potencial turístico, explotarlo requiere tiempo e inversión, lo que limita su utilidad como moneda de negociación inmediata.
Además, el régimen venezolano ha sido más pragmático, priorizando beneficios económicos. En Cuba, pese a la corrupción y desigualdad -como el control de hoteles por Gaesa, vinculado a las fuerzas armadas-, el componente ideológico sigue siendo importante. Ese factor ayuda a explicar la longevidad del sistema, a pesar de su crisis económica.
Podría surgir una figura dispuesta a negociar pragmáticamente, pero hasta ahora no ha ocurrido. Las conversaciones parecen estar en manos de figuras cercanas al núcleo histórico del poder, como Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro.
Esto revela un punto central: la posible salida de Díaz-Canel no implicaría grandes cambios, ya que nunca ha tenido el control real. Desde 2018, cuando Raúl Castro dejó formalmente la presidencia, el poder efectivo ha permanecido en su entorno familiar. Así, la revolución que buscaba eliminar élites ha terminado consolidando una estructura casi dinástica.
Este carácter también explica la falta de apoyo regional. Aunque algunos aún sienten nostalgia por Fidel Castro, las generaciones más jóvenes ya no ven a Cuba como modelo. Las restricciones a libertades han debilitado su atractivo.
Incluso gobiernos de izquierda en América Latina han mostrado escaso compromiso con el régimen cubano. Más allá del temor a represalias de Estados Unidos, existe un reconocimiento implícito de que un sistema que empobrece a su población difícilmente puede sostenerse.
Marco Rubio parece entender mejor esta dinámica que Trump. Existe la posibilidad de que impulse cambios democráticos de forma discreta, aunque sin garantías. En Venezuela, intentos similares no han dado resultados alentadores: recientes cambios en la cúpula militar apuntan más a reforzar la represión que a una apertura.
La situación recuerda a Nuestro hombre en La Habana, de Graham Greene, donde un falso espía fabrica informes sin sustento y aun así es recompensado. De forma similar, existe el riesgo de crear una ilusión de progreso sin cambios reales.
En este contexto, mientras las estrategias externas se centran en soluciones rápidas, la realidad cubana sigue marcada por estructuras profundas de poder. Sin transformaciones internas significativas, cualquier intento de cambio corre el riesgo de quedarse en apariencia, sin ofrecer a los cubanos las libertades que esperan.