¿Por qué nos sorprende?
No merecemos ser las víctimas de nadie, y menos en un país que cuenta muertes a diario.
¿Por qué nos seguimos sorprendiendo con las cosas que pasan en el país? La decisión de disolver la Asamblea Nacional y convocar a elecciones se venía escuchando desde el año pasado, durante el paro indígena.
¿Ya nos olvidamos cómo un gran grupo de asambleístas pedía a gritos que Lasso decretase la muerte cruzada?
Incluso en ese entonces, el presidente de la Asamblea Nacional, Virgilio Saquicela -que fungía de mediador ante el Gobierno- votó a favor de su destitución. ¿Se acuerdan?
¿Por qué sorprende el accionar de algunos asambleístas si han demostrado que les urge más decretar el día del bizcocho que analizar las propuestas de seguridad?
Tampoco sorprende que un grupo importante de la población diga que es inconstitucional y otro defienda a la decisión de la “muerte cruzada” como plenamente constitucional. En Ecuador, para la mirada individualista, es constitucional lo que nos conviene, y lo que no se convierte automáticamente en inconstitucional.
Nos hemos vuelto predecibles. Lo mismo sucedió con el juicio político: era legal o ilegal dependiendo del ojo con el que se analice.
¿Sorprende que en una entrevista con Ana Cañizares el presidente diga que ha pedido a sus ministros hacer en seis meses lo que tenían planeado hacer en dos años?
No, porque parece que el presidente todavía no se da cuenta de que uno de los problemas más grandes ha sido la gestión de sus ministros, la ejecución de sus presupuestos y el desarrollo de proyectos.
Es difícil creer que en seis meses puedan hacerlo. Ojalá, señor presidente, empiece a sentirse ese cambio en el país, aunque sea por seis meses.
En este momento, la realidad del país supera cualquier ficción y, paradójicamente, nos deja anestesiados. Hemos sido testigos de tantos actos de violencia que casi ya no nos espantan y hemos presenciado el desdén con el que los políticos han tratado al país.
Hace mucho tiempo Ecuador dejó de ser la prioridad para convertirse en el medio para conseguir triunfos personales. No merecemos ser espectadores de una pelea entre egos de algunos políticos. No merecemos ser las víctimas de nadie, y menos en un país que cuenta muertes a diario.