Salir de la desesperanza
Tal vez este espacio haya servido de desahogo y ojalá que pueda serlo para usted también
Todavía no llegamos a mayo y siento que el año pasa lento, sin una buena noticia alrededor; todo es caos y abandono, inestabilidad y poca esperanza para lograr acuerdos.
El país se ha convertido en un espacio en disputa, pero nadie está luchando por alcanzar el bien común.
Y no hablo solo de la política, también de la comunidad. Estamos agresivos e impacientes porque vivimos aterrados de que en cualquier esquina nos asalten, nos hieran o nos maten.
El estrés se ha apoderado de nosotros, y nada más peligroso que el estrés en exceso: el estrés enferma, nos llena de ansiedad y nos nubla.
A Guayaquil la veo triste, abandonada y solitaria. Más allá de ser una de las ciudades más afectadas por la escalada de violencia en el país, hoy luce triste, descuidada. Es el reflejo de lo que sentimos quienes la habitamos. Hay desazón en la gente y creo que no existe algo peor que vivir sin esperanza.
Darse por vencido o sentir que nada cambiará nos obliga a sobrevivir por inercia.
Las autoridades no han hecho mucho para que eso cambie. En Guayaquil y en el país necesitamos sentir que alguien tomará las riendas.
Y sé que esa necesidad de acción es algo que traspasa a la ciudad, porque me pasa que veo a mis hijos empezando otro año escolar y he llegado a pensar que es mejor salir del país, algo que en mis casi veinte años en Ecuador jamás me había ocurrido.
No existe nada que nos garantice la seguridad de nuestros hijos, uno de sus derechos básicos. Y el cerco que como padres podemos proveerles va cerrándose.
Este primer trimestre del año ha sido triste y agotador en muchos sentidos, pero soy de las que siempre se para y continúa.
Tal vez este espacio haya servido de desahogo y ojalá que pueda serlo para usted también.
El miedo es colectivo y la única esperanza a la que podemos aferrarnos es que solo saldremos de esto tomando mejores decisiones como colectivo.