Más derechos que humanos
Usted no tiene más derechos que yo porque tenga más plata, porque sea más viejo, porque sea funcionario público o nunca se haya pasado una luz roja
Estamos en peligro, y no me refiero a la delincuencia, la corrupción ni a la falta de credibilidad colectiva en las instituciones públicas.
Vivimos tratando de buscar culpables y estamos apuntando al lado incorrecto. Tan solo repetir la cantaleta de que hay personas que no merecen derechos nos sitúa al borde de un oscuro tobogán. Sobre todo en un país como este, en el que las garantías son para quienes tienen privilegios.
En una entrevista, el exjuez de la Corte Constitucional Ramiro Ávila explicó que “los titulares de los derechos humanos somos todas las personas”, es decir, usted, yo, su vecino, el que le cae mal y todos los que no: su hija, su hijo, su nieta, su jefe…
“Las personas a quienes se considera delincuentes también son titulares de esos derechos”, subrayaba. El delincuente, al ser humano, cumple con la única condición para ser titular de esos derechos.
Cuando se está siendo oprimido dentro de una estructura de poder, lo único con lo que se cuenta para equilibrar la balanza son los derechos humanos. Por eso son más grandes que cualquier gobierno: son universales.
Usted no tiene más derechos que yo porque tenga más plata, porque sea más viejo, porque sea funcionario público o nunca se haya pasado una luz roja.
El gran problema es que se cree que sí, y los gobiernos pueden usar esa narrativa para intimidar.
El discurso de posicionar a los derechos humanos como un enemigo, le da más poder al poder. Es solo cuestión de darnos cuenta de lo que pasa en la región, de lo que ha pasado en cada dictadura.
El rol de los derechos humanos es recordar al Estado que tiene límites. Estigmatizar los derechos humanos es más que peligroso, porque justifica de alguna manera quitar esos límites del Estado, supuestamente para ganarle a la delincuencia.
No perdamos la memoria. Si no se ponen límites, el poder se desborda, se desmantela la democracia. Ese desbordamiento, al calor de la corrupción que ha penetrado todas las instituciones, podría estallarnos en la cara.