Bernardo Tobar Carrión | Todos idiotas
La experiencia sensorial es inalcanzable para la IA, cuyo universo está restringido a los bits almacenados en una nube
La inteligencia artificial (‘IA’) intenta emular una red neuronal y la aventaja en ciertas tareas, como escribir código binario o barrer la red en busca de respuestas ya ensayadas; pero se queda corta en otras, las que no dependen de información almacenada, de patrones escondidos en una montaña de datos o preconfiguraciones algorítmicas, sino de juicio crítico. El sistema neuronal tiene algo de biología y mucho de misterio inasible, factor que el hombre ignora y aun así pretende superar.
No se sabe a ciencia cierta qué es la inteligencia, acaso la capacidad de procesamiento de datos, memoria, rigor lógico, interpretación emocional, comunicación persuasiva, adaptabilidad. Un crío aprende la noción de pelota a partir de una sola, mientras la IA precisa de miles de iteraciones para no confundir balones con piñatas. La experiencia sensorial es inalcanzable para la IA, cuyo universo está restringido a los bits almacenados en una nube digital. Pero ya andarán por ahí, en pocos años, robots caminando por las calles, cámaras en cada esquina y más tontos útiles subiendo a las redes cuanto se les cruza por delante, aproximando la vivencia de primera mano a la nube virtual. Aproximar, sin embargo, no es sustituir.
Tampoco tiene consciencia la IA. El hombre piensa y sabe que piensa, y lo hace desde su particular sistema de creencias, ponderando juicios y percepciones desde una dimensión ajena al código generado colectivamente. No es que la IA carecerá de los prejuicios consustanciales a un marco de valores y será un buscador puro y duro de la verdad objetiva, como algunos aspiran -asumiendo que tal cosa sea filosóficamente posible-. Los tendrá, aunque a diferencia de la diversidad y singularidad del juicio personal, sus conclusiones serán fruto del prejuicio colectivo, del dogma predominante e impersonal, el nuevo molde de pensamiento que regirá sobre las mentes perezosas. Creo que la IA es fantástica, genera abundantes eficiencias y oportunidades, siempre que uno esté al mando, pero la tendencia es al rebaño binario.
Qué aburrido y estático sería un mundo que erradique el error humano, la mayor fuente de aprendizaje y diferenciación, un mundo que empiece a pedir al oráculo digital que certifique la verdad, discierna un dilema o piense por el usuario. Este sí que será un mundo igualitario: todos idiotas.