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Beatriz Bencomo: El odiómetro

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Terminamos sin palabras para nombrar lo que de verdad nos destruye

“Odio los lunes”. “Odio cuando llueve así”. Lo decimos, lo oímos, lo repetimos. Y en algún momento, sin que nadie lo decretara, la palabra dejó de pesar. Los niños lo aprenden pronto. Aprenden que odiar es una forma válida de expresar cualquier disgusto, cualquier preferencia contrariada, cualquier pequeña fricción con el mundo. Lo aprenden de nosotros, que ya lo habíamos aprendido de los nuestros. Y cuando se lo reclamamos “no digas que odias, eso es muy fuerte” olvidamos convenientemente que nosotros mismos odiamos el tráfico, y hasta el cilantro. Ahí nació el problema. No en las redes sociales. No en los políticos. En la mesa. “El odio es el líquido amniótico de nuestras vidas”, escribió Juan Manuel de Prada, columnista español. Una imagen que merece sobrevivir a la trinchera desde la que fue escrita. No algo que elegimos respirar. Algo en lo que ya estábamos cuando llegamos.

El odio más feroz siempre es doméstico, dicen los estudiosos: no odiamos al enemigo lejano sino al vecino que tiene lo que deseamos. El totalitarismo no fabricó el odio, encontró uno ya diluido en el agua cotidiana. Y es el sujeto permanentemente herido el más útil políticamente. Ninguna trinchera puede reclamar el líquido amniótico como propio sin quedar también sumergida en él. Y así, sin decreto ni fecha precisa, el odio dejó de ser una respuesta a una experiencia concreta y se convirtió en el clima. No se odia a nadie en particular. Se vive en odio como se vive en humedad.

El gobierno español acaba de presentar su propio odiómetro para rastrear “discursos de odio” en redes sociales. La intención declarada es medir. Pero ¿cómo se mide lo que ya no tiene contornos precisos? ¿Quién recuerda ya la diferencia entre odio e indignación legítima, entre la rabia y lo irreparable?

El odio existe junto a otras emociones que necesitan sus propios nombres para ser comprendidas y respondidas. Una civilización que llama odio a todo ese espectro no está combatiendo nada: está destruyendo la gramática moral que le permitiría distinguir lo urgente de lo irreparable.

Empezamos odiando la sal en grano. Terminamos sin palabras para nombrar lo que de verdad nos destruye.