El patio de casa
La baja confianza entre ciudadanos en Ecuador revela una fractura social que impacta la seguridad, la convivencia y el desarrollo.

La desconfianza hacia desconocidos se consolida como uno de los principales desafíos sociales en América Latina.
La ciudad se ha vuelto un conjunto de patios. Cada uno con su muro, su luz, sus rutinas. Puse foco en ello la semana pasada, en cabina de radio, cuando hablamos de la política como oficio cotidiano, lo contrario de comentarla. Allí se mencionó lo inevitable, los muros que levantamos para protegernos y el miedo que nos separa de la mirada común.
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Gabriela Alejandra Echeverria Vásquez
Me quedé con esos muros latiendo en la cabeza. La sociedad del miedo es real, con base material en cada blindaje, en cada ruta evitada. Validarlo es el punto de partida. Lo que sigue es preguntar de qué es huella.
La confianza, clave olvidada de la seguridad
Solemos medir la salud de un país por su economía o su tasa de crimen. Pero hay un indicador tan revelador como la pobreza que casi nadie mira. La confianza en el desconocido. El Latinobarómetro 2024 lo registra. América Latina es la región más desconfiada del planeta entre noventa sociedades medidas. En Suecia o Noruega, seis o siete de cada diez confían en un extraño. En la región, quince de cada cien. En Ecuador, ocho.
Ocho de cada cien. Los otros noventa y dos levantan muros, sólidos y blandos. No solo materiales, también perceptuales. El muro blando es el que se levanta por dentro. Dejar de saludar al vecino, leer cada gesto ajeno como amenaza. Y aquí aparece lo contraintuitivo. El sólido no baja el crimen, solo la sensación. Ni el blando resuelve, porque ver a todos como amenaza incrementa la angustia. Lo único que da seguridad de fondo es la confianza transversal. Y esa confianza no se rompe por la pobreza sola, sino por las promesas incumplidas y la impunidad que enseña que el vivo gana.
Miedo, percepción y fragmentación social
La tentación es leer esto como condena. Si nadie confía, no hay salida. Pero la confianza se reconstruye. Elinor Ostrom ganó el Nobel mostrando cómo. No con grandes pactos, sino con reciprocidad y trato cara a cara. Lo contrario del muro.
Somos la sociedad que menos confía en el desconocido. Y a la vez una de las más colectivistas del mundo. Damos la vida por los nuestros y desconfiamos del resto. ¿Cómo cabe eso en un mismo país? La próxima semana, esa contradicción.