Arturo Moscoso | La política de la demolición
Hoy aparecen denuncias de manipulación electoral desde quienes antes despreciaban esos argumentos
Siempre se repite que la política no es un juego de niños y que no hay espacio para ingenuidades. La realpolitik es muy distinta al ideal político que suelen pintar los teóricos. Al adversario no se lo persuade sino que se lo derrota, y muchos asumen esa lógica con entusiasmo porque parece sinónimo de eficacia. En el fondo, no es una exageración. La política democrática nunca ha sido un espacio de armonía, sino de competencia dura entre actores que, si pudieran, preferirían no tener al otro enfrente. El problema no es ese.
La democracia no corrige esa lógica, la organiza. No funciona porque los actores crean necesariamente en la tolerancia ni porque respeten al otro por convicción. Funciona porque existe un cálculo bastante simple que disciplina la conducta. Hoy puedo ganar pero mañana puedo perder; y si hoy utilizo el poder para arrasar, mañana no habrá nada que me proteja cuando me toque estar del otro lado.
Ese cálculo convierte la destrucción total en una mala estrategia. No porque esté mal en abstracto, sino porque sus costos pueden volverse en contra. Por eso el rival puede ser detestable, pero no completamente eliminable. No por respeto, sino por conveniencia.
Ese equilibrio empieza a erosionarse cuando la política de la demolición deja de ser una tentación y se convierte en práctica sistemática. El correísmo no inventó la confrontación ni la polarización, pero las llevó a un punto en el que el poder dejó de ser solo una herramienta para gobernar y pasó a ser también un instrumento para arrinconar al otro. Las reglas se ajustaban según la necesidad política del momento.
Hoy aparecen denuncias de manipulación electoral desde quienes antes despreciaban esos argumentos. La sorpresa parece genuina, pero el fenómeno no lo es. Cuando se normaliza que las reglas se doblan si conviene, lo único que cambia con el tiempo es quién tiene la capacidad de hacerlo y quién es el perjudicado.
Siempre se repite que la política no es un juego de niños. El problema es cuando se decide jugar a la demolición y luego sorprende quedar bajo los escombros.