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Abelardo García Calderón | No exagerar la transparencia

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Modernicémonos, sí, pero analicemos y evaluemos todas las posibilidades y probabilidades de esas innovaciones

Extremistas como somos, y una vez conocidos por doquier los maltratos, acosos y abusos ocurridos en aulas escolares, surge la idea de transparentar el aula. Así, arquitectos y decoradores buscaron la posibilidad de registro hacia el interior, generando urnas acristaladas que más parecen locales para otros menesteres.

Y es que, en educación, los extremos no ayudan, pues esas paredes de vidrio que, en efecto, dejan ver absolutamente todo lo que ocurre dentro, resultan ser poco pedagógicas, pues permiten que por cualquier movimiento fuera de clase, la atención del alumno se disperse, agrediendo así su capacidad comprensora. También complica la didáctica y salud visual, cuando, por el exceso de luminosidad, las proyecciones y pantallas no son claras ni precisas.

Por otra parte, el vidrio, que abarata costos constructivos, no es el mejor aliado para el clima interior del aula, pues introduce a la clase el calor medioambiental. Esto obliga a un mayor consumo de aire acondicionado, al requerirse temperaturas más bajas. Además, la poca ventilación y renovación del aire interior se ve afectada si no se han generado mecanismos corredizos totalmente válidos para este efecto.

Para complicar aún más este extremo -registro casi de vitrina o pecera-, debemos recordar que nuestro país se encuentra instalado sobre una gran cantidad de fallas geológicas y que, por tanto, su nivel sísmico históricamente es alto e importante. La ruptura de cristales limítrofes del aula puede complicar, y en mucho, los riegos frente a una evacuación por temblor o terremoto.

Modernicémonos, sí, pero analicemos y evaluemos todas las posibilidades y probabilidades de esas innovaciones.

Como dijimos, los extremos no necesariamente son buenos, y es mejor buscar el equilibrio adecuado para que se permita la observación más amplia y vasta hacia el interior, sin causar molestias ni contratiempos al proceso de aprender, que por otro lado, deber ser lo más claro, concentrado y preciso, a fin de obtener la eficiencia del proceso didáctico y los deseados buenos resultados.