La mayor debilidad de China frente a la IA
China enfrenta un dilema inesperado: impulsar la inteligencia artificial sin provocar una crisis laboral. La protección social será clave

La expansión de la inteligencia artificial plantea un desafío para los gobiernos: impulsar la innovación tecnológica sin dejar desprotegidos a los trabajadores.
A fines de abril, un tribunal chino dictaminó que una empresa de inteligencia artificial no podía despedir a un empleado simplemente porque su puesto hubiera sido automatizado. Poco después, los reguladores suspendieron nuevas licencias para vehículos autónomos tras un fallo masivo de los robotaxis de Wuhan. Los medios estatales también criticaron a las empresas que contemplaban despidos derivados de la IA y defendieron su deber de proteger a los trabajadores.
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Redacción Digital
El problema que la automatización expone
Estos episodios sugieren que China empieza a frenar el despliegue de la IA. ¿Por qué un Estado autoritario, con enorme capacidad coercitiva y ambición tecnológica, tomaría ese camino? En teoría, China debería tener ventaja: puede imponerse a la resistencia laboral, mientras las democracias afrontan elecciones, sindicatos y derechos laborales.
Pero China tiene una debilidad fundamental: una red de seguridad social insuficiente. La experiencia histórica muestra que una buena protección social puede facilitar el cambio tecnológico. Cuando el Estado garantiza que perder el empleo no significa caer en la indigencia, los trabajadores tienen más motivos para aceptar la innovación.
China carece de esa garantía. La IA amenaza tanto a jóvenes cualificados como a obreros, justo cuando se debilita la promesa de ampliar las oportunidades. El crecimiento se desacelera, la vivienda resulta inaccesible para muchos jóvenes y aumenta la inseguridad laboral.
El bienestar social como amortiguador
Las autoridades parecen conscientes del problema, pero sus herramientas son limitadas. El gasto social público ronda apenas el 10 % del PIB, menos de la mitad de la media de la OCDE. El sistema ‘hukou’ mantiene en desventaja a cientos de millones de migrantes internos y los hogares asumen buena parte de los costos sanitarios. Aunque China tiene parte del andamiaje de un Estado de bienestar, las transferencias son pequeñas y el seguro de desempleo cubre a pocos desempleados.
China ya sufrió en el pasado las consecuencias de una mala gestión del cambio tecnológico. La resistencia de los gremios a la mecanización retrasó durante dos siglos su industrialización. Hoy puede repetirse el problema: evitar conflictos a corto plazo podría impedir aprovechar tecnologías avanzadas.
Gran Bretaña ofrece un contraste. Durante la Revolución Industrial, la “Ley de Pobres” proporcionaba ayuda a desempleados y trabajadores mal remunerados. Estudios recientes muestran que las zonas inglesas con mayor asistencia social sufrieron menos disturbios durante la industrialización. El bienestar funcionó como amortiguador del cambio tecnológico.
La lección de Dinamarca
Un modelo más equilibrado es la ‘flexiguridad’ danesa: menor protección del puesto, pero generosas prestaciones por desempleo y políticas de capacitación y reinserción. Así, las empresas pueden adoptar nuevas tecnologías mientras los trabajadores están protegidos durante la transición.
La carrera entre Estados Unidos y China no depende solo de chips, cómputo y modelos, sino también de instituciones. China debe construir el Estado de bienestar que postergó durante décadas, mientras enfrenta menor crecimiento y envejecimiento demográfico. Estados Unidos y Europa parten de una posición mejor, pero también deben modernizar sus sistemas de protección.
La revolución de la IA no la ganará el país más dispuesto a desentenderse de sus trabajadores, sino aquel capaz de ofrecerles suficiente seguridad para aceptar a las máquinas.