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Diario Expreso Ecuador

Ecos de una decisión

Los celulares en el aula constituyen un distractor permanente y adictivo, y un desafío para los profesores por captar la atención del alumno

Separar a los estudiantes del celular es alejarlos de los algoritmos adictivos, de la dispersión y de la hiperconexión durante las horas de clase.

Separar a los estudiantes del celular es alejarlos de los algoritmos adictivos, de la dispersión y de la hiperconexión durante las horas de clase.Archivo Expreso

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Como a los ecuatorianos nos encanta ‘llover sobre mojado’, después de semanas de la disposición ministerial, todavía se comenta y protesta por los celulares en manos del alumno. Ciertamente, la mala interpretación que ciertos colegas de la prensa hicieron de la normativa causó confusión; aunque el ministerio salió al paso poniendo los puntos sobre las íes.

El asunto era cuestión de autonomías a las instituciones, pero de la confusión se aprovechan padres para ir contra las escuelas, reclamando el ‘derecho’ de comunicarse con sus hijos. Parecería que, pese a vivir junto a ellos, no los conocen, no saben sus falencias y riesgos, porque, en este tiempo, es mejor complacer que formar; es mejor no complicarse que confrontar, incluso, a los seres cercanos.

Uno de los problemas que tiene el profesor hoy es lograr la atención del alumno. Tenemos niños y jóvenes dispersos, que no son, literalmente, capaces de escuchar, que no siguen la clase por distracción, que no logran llegar al umbral del interés, pues, al no oír, ni observan ni captan información. Y esto, sin tener audífonos permanentes clavados en los oídos o miradas dirigidas subrepticiamente a pantallas escondidas.

Supervisar y establecer límites

Más allá de que los algoritmos llevan a la adicción, lo que está comprobado y aceptado por las empresas a cargo, el asunto es que su presencia no pedagógica en el aula destruye la posibilidad de conexión entre el profesor y el alumno. El celular es un potente distractor y, domesticado como está para ser adictivo y dar gusto a su usuario, se convierte en una tentación permanente que va a coartar toda posibilidad de aprehender.

Como cada cosa en todos los tiempos, el móvil, ‘per se’, no es bueno ni malo; va a estar en la intención con que se usa el convertirlo en instrumento o en arma.

El adolescente pasa por una edad de formación; no tiene claro su rumbo en la vida, puede ser fácilmente manipulable y coactado por terceros. Lo importante es estar en guardia, no solo decir no, sino supervisarlo y controlarlo, estableciendo límites y horarios, y sabiendo que el aparatito no nació como juguete que distrae al niño.

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