Impacto con rostro humano
Sara María Garaicoa cuestiona la corrupción, la impunidad y la falta de integridad en la política ecuatoriana y reclama recuperar la ética pública

La corrupción y la impunidad son cuestionadas en esta reflexión, que reclama mayor integridad y responsabilidad de quienes ejercen funciones públicas en Ecuador.
El mayor mal del Ecuador no es la falta de recursos, sino la abundancia de sinvergüenzas en las instituciones públicas. En nuestro país, el cinismo se ha disfrazado de viveza criolla: al corrupto se le llama hábil, al deshonesto se le aplaude si burla la ley, y al farsante se le entrega el destino de nuestros hijos. Nos han robado los sueños.
Cuando la política se convierte en un botín
Los sinvergüenzas cambian de color político pero nunca de apetito. Se sirven de la patria como si fuera un botín de guerra. Han convertido la impunidad en un arte y el pueblo, desmemoriado, olvida lo que hoy indigna. Nos han querido convencer de que la crisis económica y la inseguridad son fenómenos naturales, cuando son el resultado directo de décadas de saqueos institucionalizados y de una clase política sin honor.
La sinvergüencería política se ha profesionalizado. Es el candidato que firma promesas sabiendo que traicionará a sus electores, el asambleísta que canjea su voto por favores y el funcionario que se llena los bolsillos antes que fiscalizar.
La impunidad y el costo para los ciudadanos
Mientras las familias ecuatorianas estiran el salario a fin de mes, ellos disfrutan de inmunidad o huyen del país en aviones privados. ¡Ya basta de la nefasta ‘viveza criolla’ en el poder!
Hace poco asistimos al espectáculo de la impunidad, donde quienes saquearon al país pretenden evadir la cárcel haciéndose los moribundos para luego, tras la sentencia, levantarse ‘por arte de magia’. En este drama no actúan solos: detrás hay médicos cómplices que, traicionando el juramento hipocrático, firman certificados a delincuentes de cuello blanco.
El ejemplo que reciben las nuevas generaciones
Esta crisis moral se refleja también en declaraciones bochornosas como las de la prefecta de Esmeraldas, quien se vanaglorió públicamente de haber copiado en la universidad. Quien es deshonesto en lo pequeño, difícilmente conocerá la integridad en lo público. ¿Cómo exigimos a los jóvenes actuar correctamente si damos estos ejemplos?
No podemos aceptar que el cinismo sea la nueva norma ni construir un país sobre la mentira. La dignidad de un pueblo no se negocia ni se copia.
Sara María Garaicoa Granizo