Cartas de lectores: Alfonso y el mar

Ahora todos te lloramos. Extrañamos al hombre, al cura, al amigo

Por la blanda arena que da hacia el mar de Playas, sin dudarlo mucho y sin medir el peligro ni amenazas... entró.

Sólo pensó en el prójimo. Ese que aunque no esté a su lado siempre lo era. Porque nadie fue ajeno a sus intereses. Siempre estaba para todos.

Los caballitos y estrellas de mar habrán sido testigo de su intrepidez, de su afán. Entre olas y corrientes entregó su vida por alguien más, así como lo hacen los amigos celestiales. Entre corales y caracolas marinas se abrió paso a la inmortalidad, propio de los predestinados.

¿Qué almas nuevas fuiste a buscar?

¿Acaso habrás sido designado para liberar a los incontables seres que han sucumbido en el fondo del mar?

Ahora todos te lloramos. Extrañamos al hombre, al cura, al amigo.

Desde mi piano, tuve el honor de ser testigo, en cientos de misas y matrimonios, de los atinados mensajes que eran como píldoras de fe para una ávida congregación sedienta de conocer más y más a ese otro gran amigo que nunca falla, el de la cruz.

Alfonso, miles de feligreses te acompañamos hasta tu última morada. Tu iglesia estaba abarrotada, como siempre te gustaba verla.

Nos cuesta entender el singular modo en que fuiste llamado. A unos los llaman mientras duermen, a otros con una larga enfermedad. Pero a ti te llamaron desde el agua, desde el mar. Parecidas a las aguas símbolo de tantas jornadas de los primeros apóstoles y sus redes. De pescas y parábolas. Así son los designios del Todopoderoso, no soy quién para cuestionar tales misterios.

Alfonso, creo que eres un santo moderno. Porque la forma heroica en que entregaste tu vida ha sorprendido a todo el mundo. Ahora no has dejado una pequeña huella, esta es inmensa.

El amor que mostraste en el mar es insuperable. Y aunque sé que te has ido y ya no vuelves más, el sendero que marcaste será nuestro modelo, nuestro consuelo.

No necesito decirte “que el Señor te tenga en su Gloria”, porque sé que ahí estabas desde siempre.

Adiós, amigo Alfonso.

Roberto Montalván Morla