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Diario Expreso Ecuador

 

La ancianidad: un caminar maravilloso hacia la patria celestial

Mi esposo ya está en la eternidad; cumplimos la promesa que hicimos ante el altar: estar siempre juntos

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Mi vida es un regalo de Dios y esto me obliga a ser feliz a mis 98 años, a sentirme agradecida de envejecer con salud de alma y cuerpo, con lucidez y discernimiento, rodeada de amor y atenciones, a pesar de las mortificaciones que son parte de la vida. Los ancianos tenemos bellas sensaciones de la naturaleza que nos hacen sentirnos vivos. Otros bellos momentos nos los dan los niños, ángeles terrenales, aunque ya no tengo la oportunidad de tenerlos cerca. Los años de la ancianidad son a veces duros y difíciles y es de imperiosa necesidad cuidar con más esmero de la salud de alma, mente y cuerpo. Un beneficioso ejercicio es caminar pero ya a cierta edad tenemos que hacerlo despacio, tomando precauciones para no caernos. Si se lo hace a diario nos ayuda a mantener también nuestra mente activa. Debemos comprender que nuestra vida es como una barca que necesita de un capitán que lo maneje: nuestro Dios todopoderoso, solo así podemos gozar de la paz que nos otorga el sentirnos cerca de Él y de su Madre Santísima. Por mis malestares producto de la vejez ya no voy a la iglesia pero Jesús viene a visitarme jueves y domingos, y me permite recibirlo sacramentalmente con mucho fervor. Este regalo me hace sentir viva, me proporciona entusiasmo y ganas de vivir hasta que mi Padre decida que se cierren mis ojos. ¡La vida es bella, no nos quejemos! Vivamos sembrando muchas semillas de amor, que germinarán y darán muchos frutos, como son mis cuatro tesoros (mis hijas), nietos y bisnietos, el más bello regalo que dejaré en este paso por la vida terrenal. Mi esposo ya está en la eternidad; cumplimos la promesa que hicimos ante el altar: estar siempre juntos, en la alegría y el dolor, hasta que llegó el momento en que Dios nos separó. Los ancianos tenemos que ser conscientes de que nuestro ciclo de vida ha sido y sigue siendo muy valioso: si fuerza nos falta, al punto que ya estamos por desanimarnos... Dios actuará’. Su amor no termina, su gracia no acaba, límite no hay al poder de Jesús. Miremos el firmamento, obra del Creador, y despertemos cada día con la armadura de Dios. “Los cambios de la vida provocan emociones: en la juventud son como torrentes desbordados pero en la ancianidad son como lluvia invernal que penetra hasta las capas más profundas de la tierra”. Estas sanas reflexiones las escribe una persona que con mucho orgullo dice que “ella no tiene edad porque lo que tiene es vida”.

Martha Reclat de Ortiz

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