Costureros para subvertir
América está llena de bordados y bordadoras que subvierten realidades naturalizadas en contra de nosotras mismas. Se cuestiona desde la ternura

El bordado colectivo ha trascendido el ámbito doméstico para convertirse en una herramienta de memoria, denuncia y resistencia impulsada por mujeres y organizaciones sociales en América Latina.
Coser era cosa de mujeres, de monjas, obreras y abuelas. Coser era una de las tantas formas de disciplinarnos y mantenernos sumisas en el mundo patriarcal. Pero hacerlo colectivamente, contando cuentos, bromeando entre nosotras y cuestionando las prácticas políticas imperantes podía ser una gran herramienta de liberación que trascendía la intimidad del costurero. Violeta Parra hace ya décadas bordó en telas de arpillera, el campo, los dolores del pueblo; inspiró a famosas arpilleras que hicieron lo propio como resistencia a la dictadura chilena. En poco tiempo la aguja fue dando sus puntadas como parte de movimientos feministas; se bordaban consignas; reconocíamos que la memoria no es neutra, al decir de Donna Haraway. Que había que activarla políticamente hablando a través de colectivos, de bordadoras en colectivo, que debían salir a la calle.
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Bordar la memoria para ocupar el espacio público
Las pancartas pintadas acompañan -ilustran- una marcha; las mantas bordadas producen resistencia que se sostiene en el tiempo, que pueden ser bellas, un objeto material que evoca lo afectivo y sensible. La larga Manta de los Feminicidios del colectivo Bordar la Ternura en Quito, sale a la calle independiente de sus actoras; se suma mucha gente para portarla, atrae la mirada de fotógrafos. Crece la pieza no al ritmo de las muertes de miles de mujeres, pero crece. Se crean redes contra el extractivismo, la contaminación de mares y ríos, el machismo, el control de las redes para beneficio de unos pocos, etc. Un gran referente son las Bordadoras Autoconvocadas de Cuenca que ya tienen un protagonismo político importante a nivel país y... además, es multiclasista, lo cual le otorga un valor excepcional.
América está llena de bordados y bordadoras que subvierten realidades naturalizadas en contra de nosotras mismas. Se cuestiona desde la ternura, se interpela desde lo sensible, se vuelven parte de las prácticas de arte y política tan activas en esta región del mundo desde los años 70, sobre todo en EE.UU. Los Costureros en Colombia, por ejemplo, en las zonas rurales, son sobrevivientes del conflicto armado organizados por monjas. Muchos se forman por personas de diversas militancias desencantadas del mundo que vivimos, de la mentira y la corrupción, de los tiempos capitalistas que no reflexionan, que lo arrasan todo, que borran o intentan borrar las memorias de sectores que “no importan ni aportan” en la acumulación de capital.
Experiencias que sanan y desafían el olvido
Nada nuevo. Desde la historia del arte Rozsika Parker en ‘La puntada subversiva. El bordado y la creación de lo femenino’, revaloriza esta menospreciada técnica y la rastrea desde el Medioevo. En Ecuador, la Federación de Mujeres de Sucumbíos, juntas desde hace 25 años, trabajan con el bordado como recurso terapéutico contra los traumas producidos por la violencia intrafamiliar. Son caminos distintos de revelación y sanación.
En Arte Actual, galería de Flacso, recupera a través de su Project Room estas experiencias, proyectos en marcha. Allí las conocí, a las de Bordar la Ternura. Al frente: un nuevo mundo complejo, pleno de empatía.