Relaciones internacionales
Sorpresa en Moscú
ANÁLISIS. La inesperada visita del jefe de la CIA abre interrogantes sobre lo que Washington y el Kremlin negocian en secreto

El director de la Agencia Central de Inteligencia cumplió un viaje sorpresivo a Moscú, esta semana.
Lo que se debe saber
- John Ratcliffe viajó a Moscú y se reunió con el jefe del espionaje ruso en un momento de máxima tensión, marcado por la crisis económica y el temor a una nueva movilización.
- La reunión entre los jefes de inteligencia de EE.UU. y Rusia llega en un momento crítico para Putin, entre dificultades económicas, rumores de movilización y riesgos de una escalada con Europa.
- Washington envía una señal directa a Moscú mientras crecen las dudas sobre la capacidad de Rusia para sostener la guerra y aumenta el riesgo de una nueva escalada en el flanco oriental de la OTAN.
Existen reglas no reescritas en el mundo de la inteligencia y una de ellas es: si el jefe de espías viaja en persona, es porque el teléfono ya no alcanza para la magnitud del mensaje. John Ratcliffe, director de la CIA, aterrizó en Moscú sin previo aviso, se reunió horas con Serguéi Naryshkin, jefe del espionaje exterior ruso, y se fue antes de que el Kremlin inventara una excusa creíble. Washington apenas lo explicó y creo que a la luz de los acontecimientos no haga falta.
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El momento y la anécdota nos dan luces de lo que puede estar pasando tras bambalinas, la última vez que un director de la CIA pisó Moscú fue en noviembre de 2021, cuando William Burns viajó por orden de Biden a advertirle personalmente a Putin que no invadiera Ucrania. Tres meses después, el 24 de febrero de 2022, la invasión llegó de todas formas. Desde entonces, ningún jefe de la agencia había vuelto a Rusia, hasta este martes.
¿Por qué ahora? Rusia atraviesa su enésimo "agosto negro", la maldición que los propios rusos reconocen: en 1991 el golpe que hundió a la URSS, en 1998 el colapso del rublo, hoy colas en gasolineras y un déficit fiscal que se duplicó.
Putin vende oro para no quedarse sin liquidez, falta mano de obra porque media generación joven se fue o está en el frente, y tras las elecciones parlamentarias de septiembre, ya decididas de antemano, ronda el rumor que más incomoda al ruso promedio: la primera movilización verdaderamente general de toda la guerra. En 2022 Putin solo decretó una movilización parcial, de 300.000 reservistas, y nunca la cerró oficialmente; lo que se teme ahora es otra escala.
¿Cómo es el sueño de Putin?
La diferencia con 2022 es que esta vez nadie espera el decreto para huir: en el paso fronterizo de Verjni Lars, la única vía terrestre hacia Georgia sin visado, las filas de jóvenes rusos ya se forman antes de que Putin firme nada, por puro cálculo de que cuando la orden sea oficial será demasiado tarde para salir.
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Los números tampoco ayudan a que Putin duerma tranquilo: inflación oficial del 6% que las familias sienten más cerca del 13%, desempleo en mínimo histórico por la escasez de manos, ataques constantes al tejido económico ruso y una bolsa de Moscú que subió casi 3% apenas se supo de la visita, prueba de que hasta los inversores rusos entendieron el mensaje antes que el Kremlin lo confirmara.
Un Kremlin acorralado económicamente tiene dos salidas clásicas: negociar desde una posición débil, o escalar para negociar desde una fuerte.
Moscú no quiere lo primero, así que coquetea con lo segundo, y ahí conviene mirar el mapa. Lituania, Letonia y Estonia llevan semanas en alerta por indicios de "operaciones cinéticas limitadas" contra infraestructura energética, y el ministro de Defensa lituano advirtió de un posible ataque de falsa bandera con drones de apariencia ucraniana.
El blanco más probable no es Varsovia ni Berlín, sino el corredor de Suwałki: apenas setenta kilómetros entre Polonia y Lituania, la única conexión terrestre entre los bálticos y el resto de la OTAN, flanqueada por Kaliningrado a un lado y Bielorrusia al otro.
Cerrarlo, aunque fuera por horas, dejaría a esos tres países aislados del resto de la Alianza, lo que explica por qué los estrategas lo llaman el talón de Aquiles de la OTAN.
Prueba está de que el avión que se cree transportaba a Ratcliffe fue fotografiado cerca de Riga, capital letona, horas antes de conocerse su reunión en Moscú.
Un incidente calculado
La respuesta obvia sería golpear Kaliningrado, pero es territorio ruso reconocido internacionalmente, no una zona ocupada. Atacarlo sería golpear a una potencia nuclear.
Un incidente calculado y deniable en ese pasillo obligaría a Europa a elegir entre la guerra abierta o la mesa de negociación, con Ucrania empujada a sentarse antes de que Washington y Kiev sigan presionando la economía rusa hasta el hueso.
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Chamberlain aprendió en 1938 que apaciguar a un actor acorralado no compra tiempo. La diferencia es que este actor tiene armas nucleares y una economía que, según sus propios economistas, no resistiría una movilización sin quebrarse del todo.
Por eso la visita de Ratcliffe deja claro que la desesperación, más que la fuerza, es lo que hoy mueve al Kremlin.