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Diario Expreso Ecuador

Oriente Medio

El sorprendente Pacto de la Meca

En plena escalada de tensión en Oriente Medio y en un momento delicado para Arabia Saudí, Turquía y Pakistán firman acuerdo de defensa conjunta

El viceprimer ministro de Pakistán, Ishaq Dar, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan; el príncipe de Arabia Saudí, Mohamed bin Salmán, y al primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif.

El viceprimer ministro de Pakistán, Ishaq Dar, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan; el príncipe de Arabia Saudí, Mohamed bin Salmán, y al primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif.EFE

Fernando Insua Romero
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Lo que se debe saber

  • Arabia Saudita, Turquía y Pakistán firmaron un pacto de defensa mutua tipo OTAN en La Meca ante la desconfianza en EE.UU.
  • La delegación saudí asistió al funeral de Jamenei en Teherán para proyectar equilibrio diplomático tras su muerte a manos de Israel.
  • Pakistán desplegó 8.000 soldados en Arabia Saudita para respaldar con poder militar y nuclear la nueva alianza sunita.

Imaginen la escena: en el imponente Gran Mosalla de Teherán, ante el féretro envuelto en bandera del ayatolá Alí Jamenei -abatido por Israel meses atrás-, se inclina una delegación saudí. Sí, saudí. El régimen que trató a Irán como enemigo existencial durante medio siglo manda a su vicecanciller a dar el pésame.

Y mientras el diplomático rinde homenaje, resuena un versículo coránico: el de la batalla de Badr, aquella donde un puñado de musulmanes derrotó contra todo pronóstico a un ejército muy superior. Librada, dato no menor, en lo que hoy es suelo saudí. 

¿Plegaria, cumplido o cachetada diplomática con guante de seda? Probablemente las tres cosas a la vez. Bienvenidos a Oriente Medio en 2026, donde ya nadie sabe con certeza quién es aliado de quién.

Un día Irán aparece derrotado; al otro, Washington negocia con Teherán como si nada. Un día los sunitas se abrazan contra el ayatolá; al otro, le rezan en su funeral. 

Una alianza con músculo militar

En esa turbulencia irrumpió, el viernes pasado, la noticia de la semana: Arabia Saudita, Turquía y Pakistán firmaron en La Meca un pacto de defensa mutua -bautizado “Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca”- que calca casi palabra por palabra el artículo 5 de la OTAN: un ataque contra uno será considerado un ataque contra los tres. Los medios ya lo apodaron “la OTAN suní”. 

No es la primera vez que se ensaya la fórmula: en 2015 Riad, con un jovencísimo Mohammed bin Salman al frente, lanzó la “OTAN islámica”, alianza de 34 países que terminó siendo, en gran medida, membrete vacío, pero parece que está vez será diferente, por una razón simple: la confianza en Estados Unidos como garante de seguridad está en su punto más bajo en décadas. Riad le cerró la puerta al “Proyecto Libertad” de Trump para escoltar petroleros por Ormuz, pese a una llamada directa del propio presidente. 

Los saudíes recuerdan bien aquella frase de Trump en 2018 -“sin nosotros no durarían dos semanas”- y sacan sus conclusiones al ver que Washington no impidió que casi el 20% del petróleo mundial quedara varado en el estrecho.

Arabia Saudita busca blindar su seguridad

Ahí es donde el pacto amenaza, silenciosamente, los Acuerdos de Abraham. Riad evitaría reconocer a Israel y se acerca a Turquía y Qatar, leídos en Washington y Tel Aviv como el bando “más islámico”  mientras Emiratos —el gran arquitecto de la normalización con Israel— mira con desconfianza creciente: recibió impactos de más de 2.000 misiles y drones iraníes, el doble que Arabia Saudita, y presiona a Estados Unidos para reabrir Ormuz por la fuerza. 

El divorcio entre Mohammed bin Salman y su antiguo mentor emiratí, Mohammed bin Zayed —antes tan sincronizados que la prensa los apodaba dúo musical por sus iniciales compartidas—, ya es un hecho consumado.

Turquía, la pieza más filosa del trío, no entra por hostilidad con Irán —de hecho media entre Teherán y Washington— sino por su vieja fractura con Israel, que se remonta a 2008. Su canciller ya insinuó que Turquía podría heredar el rol de “enemigo número uno” que Irán deja vacante. Pakistán, por su parte, aparte de ser la potencia nuclear disuasoria, ve un negocio para su industria armamentística y ya desplegó ocho mil soldados en suelo saudí.

El factor nuclear que inquieta a la región

¿Y Irán? Lejos de sentirse disuadido, respondió con burla: “el rugido de nuestros misiles los alcanzará”, advirtió un legislador. El clero de Qom fue más lejos: “la seguridad prestada no los salvará”.

Puede que tengan razón. Pero hay motivos para pensar que esta vez la OTAN suní no correrá la misma suerte de membrete que su antecesora de 2015. Aquella nació de un gesto de imagen, sin guerra real detrás; esta nace en medio de una, con Ormuz bloqueado y misiles cayendo sobre ciudades del Golfo. 

Aquella no movió un soldado; esta ya desplegó ocho mil tropas paquistaníes en territorio saudí. Y aquella no tenía detrás la sombra —nunca declarada, siempre presente— del paraguas nuclear de Islamabad. La diferencia entre un pacto de piedra y uno de papel se vera  si sobrevive al primer disparo real. 

Esta alianza ya nació bajo fuego. Como en Badr, puede que la sorpresa no venga de dónde todos miran, sino de quién finalmente decide pelear en serio cuando llegue el momento.

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