Mamá nunca se va
Madres que no se van: guayaquileños cuentan cómo su amor sigue presente
EXPRESO presenta historias que muestran cómo el legado materno se transforma en guía, unión familiar y ejemplo de vida. Su amor no desaparece

EXPRESO recoge testimonios de ciudadanos en torno al Día de la Madre.
Hay presencias que no se apagan. Las madres no solo dejan recuerdos: dejan formas de vivir. Se quedan en las decisiones, en los hábitos, en las palabras que repetimos sin darnos cuenta y en los gestos que aprendimos mirando.
En este especial por el Día de la Madre, EXPRESO recoge testimonios de ciudadanos de Guayaquil que reconstruyen ese legado desde su vida cotidiana. No hablan de ausencia, sino de continuidad: de cómo una receta, una frase o una enseñanza siguen activas en su día a día y en la forma en que construyen sus propias familias.
El amor de mamá no se pierde: se convierte en una guía silenciosa, en un vínculo que sostiene y en una presencia que sigue atravesando generaciones.
Cristian Iturralde y el impulso de no rendirse
Cristian reconoce que nadie está preparado para enfrentar la ausencia de una madre. Sin embargo, asegura que su amor y enseñanzas siguen marcando su camino.
“Siempre buscas que ese momento no llegue, pero cuando llega sabes que viene algo difícil. Aun así, su amor te impulsa a seguir. Sus consejos siguen en mi mente”, cuenta.
Recuerda frases que hoy guían sus decisiones: “No vayas por ese camino, no es correcto” o “no crié vagos”, por ejemplo, le decía cuando llegaba tarde a casa.
Más allá de esos momentos cotidianos, Cristian destaca la fortaleza de su madre, quien luchó durante años contra una enfermedad sin perder la sonrisa. “Nunca dejó de inspirar. Me enseñó que, incluso en los momentos difíciles, puedes motivar a otros”.

Cristian Iturralde recuerda las anécdotas de su mamá.
El legado también tiene sabor, como un seco de pollo
Esa enseñanza se resume en una frase que hoy aplica en su vida: “Nunca te rindas”. Pero el legado también tiene sabor, como es el seco de pollo que aprendió a cocinar gracias a ella. “Viví en Argentina y lo preparaba para mis amigos. Les encantaba. Eso también es parte de lo que ella me dejó”.
Hoy, su mayor motivación es honrar ese legado. "Vivir de forma que, donde esté, su madre pueda sentirse orgullosa.

Mónica Reyes recuerda que su madre le enseñó la unión y el orden en casa.
Mónica Reyes: la fuerza de la unión familiar
Mónica, de 65 años, recuerda su infancia como una etapa marcada por la cercanía y el cariño familiar. Son cuatro hermanos y, aunque su padre viajaba con frecuencia en una época sin celulares, las cartas mantenían viva la conexión. “Nos emocionábamos y hasta llorábamos de alegría al leerlas”.
Su madre fue el eje del hogar, pues promovía la unión, el diálogo y la disciplina con cariño. “Mi papá decía: ‘lo que diga mamita’. Por eso hicieron una gran pareja”.
Cartas de lectores
Entre la fe y la memoria: una reflexión sobre la vida, el amor y la pérdida
Cartas de lectores
Hoy, ese patrimonio se mantiene vivo. Una vez al mes, los hermanos se reúnen para recordar a sus padres y compartir momentos juntos. En los pequeños hábitos cotidianos, Mónica siente su presencia, ya sea desde el orden en su habitación hasta los aromas que evocan recuerdos.
“Mi hermana me dice que cuando entra a mi cuarto le recuerdo a mamá. Eso es tenerla presente. No se fue, vive en nosotros”.

María Soledad dice que se parece a su mamá en el momento de corregir.
María Soledad Ramírez: el amor que se comparte
Para María Soledad Ramírez Andrade, su madre, Grace Andrade, está presente en cada encuentro familiar.
“Ella nos inculcó estar cerca de la familia, y eso lo he mantenido. Ahora soy yo quien reúne a tíos, primos y sobrinos para cocinar y compartir”, relata.
Las recetas manabitas que aprendió siguen siendo el centro de esos encuentros. “Cocinamos lo que ella nos enseñó, y a todos nos encanta”.
Pero su herencia va más allá de la cocina. María Soledad destaca su generosidad: “Me enseñó a ser caritativa. No importa si tienes poco, siempre puedes ayudar a alguien”.

María Soledad destaca la unión familiar, una herencia de su madre.
Ese espíritu se refleja en su vida diaria. “Cuando corrijo a mi hijo o a mis sobrinos, vienen a mi mente sus palabras. Era sabia, amorosa, firme cuando debía serlo”.
Para ella, su madre sigue presente en cada gesto: “Todo lo hacía con amor. Y eso es lo que intento replicar cada día”.
Era tan sabia, tenía que corregir a 5 hijos sola y supo hacerlo con mucho amor y respeto.